martes, 20 de mayo de 2008



La ausencia, una apertura a la trascendencia

Bloque 1:
A menudo sentimos un vacío interior, un silencio como de nada, nos experimentamos como abandonados por Dios o por los demás, incluso a los que más nos aman los percibimos lejanos, a veces hasta se van, desaparecen. Se vuelven ausentes...
Hoy vamos a reflexionar sobre la “ausencia” -la de Dios y la de los seres queridos- no como un “espacio vacío” sino como un ámbito en el que pueden darse nuevos modos de comunión rompiendo la soledad.
El filósofo alemán Nietzsche decía que "cada cual es para sí mismo el más lejano". Los otros son siempre los "más cercanos", los más "próximos", los "prójimos"- son los que nos aproximan, nos hermanan con nosotros mismos. El más cercano de tus próximos, ése es tu hermano, el que te acerca tu propia lejanía. El que con su cercanía te aproxima más a vos mismo.
En la soledad de quien no tiene compañía no todo está perdido ya que, por lo menos, está la posibilidad de guardar aún la esperanza de un probable encuentro. Existe, sin embargo, otra soledad, aún más terrible: La de aquél que se siente solo en medio de la compañía. Ésa soledad está cerca de la desesperanza y a veces hasta de la desesperación. La más cruel de las distancias puede ser la más cercana.
En cambio, hay otra misteriosa soledad personal que se vuelve fecunda en la comunión compartida. Este «espacio» interpersonal en la relación, que nos retorna a nuestros mismos, es el ámbito propicio para los mejores vínculos. Las grandes soledades valen grandes compañías. Cada soledad tiene la promesa de una compañía: Habita tu soledad; sólo así podrás compartirla.
Frecuentemente peregrinamos por muchas soledades hasta llegar, por fin, a abrazar las soledades de quienes amamos y de quienes nos acompañan en este viaje. Naufragamos entre muchas ausencias que nos lastiman hasta llegar a aquellas que nos consuelan. Las verdaderas presencias y ausencias; las auténticas cercanías y distancias, son las que habitan en el corazón.

Bloque 2:
Sólo puede estar ausente, de una manera elocuente, lo que amamos. La ausencia es el reverso de una presencia significativa que ahora se encuentra velada y que resulta más interpelante que todo lo demás. Hay una distinción entre la ausencia y el simple "no estar". La ausencia viene de la presencia y va hacia ella: Nos revela hasta qué punto el otro ocupa su "lugar" en nuestro universo. El "no estar" no es propiamente ausencia. Es sólo un vacío.
La ausencia es "un modo de estar". Ha sido presencia y se dirige a ella. El “no estar” nace -en cambio- de la carencia; la ausencia surge de la plenitud de la comunión. Las ausencias que duelen o que extrañamos son las presencias que amamos.
El poeta Ulises Naranjo dice que "renace el amor filtrándose por los huecos que urdió la ausencia"[1]. La verdadera ausencia siempre deja algún resquicio para permitirle al amor que siga respirando.
San Agustín afirma que hay una “presencia por ausencia”. La ausencia a menudo es como un rasgadura en el corazón, el quiebre de un frágil cristal que se rompe. El escritor francés Marcel Proust señala que “solo renunciando a lo que se ama se puede recrear. El momento en que nuestro mundo interior está destrozado, cuando está muerto y nuestros seres queridos están en pedazos y nosotros mismos en irremediable desesperación es entonces cuando debemos recrear nuestro mundo otra vez. Juntar los pedazos, infundir vida a los fragmentos, recrear la vida”. El amor está presente siempre, aún en las misteriosas ausencias. La ausencia total y definitiva no existe, mientras viva quien ame.

Bloque 3. Recordar el tema que se está tratando.
El tiempo es un don precioso y escaso en la vida de los hombres. Hay que hacer entrar el tiempo en la gratuidad y crear "tiempos de encuentros": Dar, recibir y compartir tiempos con quienes amamos.
En el tiempo "cantidad" y "cualidad" deben equilibrarse. No hay que priorizar una en desmedro de la otra. Cuando tenemos "cantidad" sin "cualidad", solamente pasamos las horas. Cuando hay "cualidad" sin "cantidad", el encuentro es fugaz y medido. Hay que lograr una dinámica armonía entre la extensión y la intensidad en el tiempo que compartimos. Los tiempos de la ausencia pueden otorgar más intensidad y calidad a los tiempos de la presencia.
El tiempo de las relaciones no es necesariamente la medida cronológica del sucesivo transcurso de las horas sino la "medida" de la intensidad del amor. El tiempo de las relaciones es aquél que se mide por las cercanías y las lejanías, por las presencias y las ausencias. Jorge Luis Borges lo expresó magníficamente: "... Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo...". El tiempo de las relaciones es el verdadero tiempo humano.
En la presencia o ausencia no importa el tiempo cronológico sino la intensidad de la comunión. Quizás sea muy breve el tiempo de la presencia y -sin embargo- puede bastar. Tal vez sea prolongado el tiempo de la ausencia -no obstante- resultar muy fecundo. La presencia y la ausencia son "matices" de intensidad en el modo de ser y de estar de las personas en sus relaciones con los demás.

Bloque 4:
Cada vez que debemos despedirnos es con la esperanza de volver a vernos. Lo más relevante de cada despedida es la esperanza de un nuevo encuentro. Es fundamental que en cada adiós se haga esencial la palabra y el gesto. Cada despedida nos aproxima más a la última. La ausencia, como la muerte, nos revela cuánto significan las personas amadas cuando no las tenemos. La muerte no llega a rozar lo que de eterno hay en el amor. Todas las ausencias están redimidas. Son un modo de comunión en el vínculo más allá del espacio y del tiempo. Mientras tanto en cada despedida el hombre toma conciencia de que es tiempo. Las despedidas nos enseñan que todos los tiempos son cortos. La vida misma es breve.
La vida toda es un encuentro, aún en las despedidas. Cada despedida tiene el sentido de todos los encuentros. Ninguna despedida puede derribar la posible esperanza de un re-encuentro. Un solo encuentro vence todas las despedidas. Lo esencial es el encuentro. La ausencia de quien amamos nos remite siempre a la esperanza de la presencia recíproca. Toda ausencia es una cierta esperanza, un deseo próximo de la presencia que vendrá. La promesa de un nuevo regreso es un consuelo, al menos para el corazón que espera. En la ausencia nos quedamos con lo esencial y vivimos de eso. La distancia sirve para recordarnos que toda ausencia tiene sentido. La cercanía nos es dada para que descubramos la gracia de la presencia
Me duele que te vayas pero más me dolería que te alejes. La dicha de tenerte ha sido infinitamente mayor a la tristeza de dejarte partir. Sé que algo de mí se queda. Sé que algo de vos me llevo. No te olvides de quien no te olvida. Cada día te esperaré. Cuando no estás a mis pensamientos le nacen alas, vuelan hasta donde te encuentras e invisiblemente te rozan y te acompañan. Mi corazón se vuelve alado y mi espíritu no conoce fronteras. No lo detiene el espacio, ni el tiempo. No tiene puertas cerradas. Llega hasta donde estás, descansa y vuelve con sus mismas alas hasta mí. Mi corazón "ha abierto ante ti una puerta que ya nadie podrá cerrar" (Ap 3,8). Cada regreso me devuelve la esperanza de saber que no te has ido del todo.
Llegará un Día sin ausencias, un Día eterno. La ausencia prepara la eternidad. Te guardo no sólo en mi corazón sino en la Memoria de Dios. ¡El tiempo es tan fugaz, la vida es tan breve, el corazón tan inconstante! Un Día más allá de los días de este mundo, el paisaje de la ausencia se detendrá para siempre y se abrirá el horizonte de la presencia sin fin. Ahí nos reconoceremos en el que es eternamente Presencia.
Toda la ausencia la consagro a la presencia de Dios. Dios muestra su misericordia tanto en la presencia como la ausencia. Siempre es la misma bendición de distinto modo. ¿Qué importa la distancia, si cierro los ojos y ya no hay fronteras?; ¿Qué importa la ausencia, si abro mi corazón y florecen vivos los recuerdos? La ausencia se vuelve un envolvente abrazo porque sólo el amor remedia las distancias y la ausencia se hace una elocuen­cia. En la ausencia de los seres queridos me sumerjo en la presencia de Dios y allí, también ellos, destellan en su presencia. En corazón resplandece -amorosa y fecunda- la presencia del Dios que nos une a todos.
Cuando te recuerdo, la memoria se vuelve corazón. Aunque no esté contigo, nunca te dejaré solo. Aunque no te encuentres, mi corazón sabe donde estás. ¿En qué punto del universo me encuentro si no te encuentro? Cuando no estás Dios te guarda en mí con todas tus presencias intactas.

Bloque 5.
La ausencia no es muerte si nace del amor. La verdadera muerte es la indiferencia y el olvido. La ausencia nos hace ejercer un continuo acto de fe en la relación: El creer que el otro está y nos acompaña. De nosotros depende que la ausencia sea un don elocuente. La fe -la cual es un poseer verdaderamente a Dios sin verlo- nos ilumina el misterio de la ausencia, por la cual, también ya tenemos a quienes verdaderamente amamos aunque, de momento, no estemos juntos. Cuando permanecen los que uno ama surge como una nueva presencia de Dios para nosotros. La relación de amor emerge de Dios y Dios emerge de la relación.
Tu ausencia me ha revelado lo importante que sos para mí. Desde que te conocí mi mundo se ha enriquecido infinitamente. Tu ausencia me ha revelado lo empobrecido que, desde ahora, se quedaría mi universo si no estuvieras. Deseo vivir una vez más la fiesta de tu presen­cia. Cada vez que te nombro apareces, siempre presente y vivo. Allí estás y allí te cuido. Tu sola presencia me cura, tu silencio me sana, alivia el alma, acaricia, descansa y consuela. Hay un sin fin de cosas que lo único que hacen es recordarme que te recuerde. Tu presencia está siempre amaneciendo. No me hace falta tu ausencia para descubrir cuánto estás presente. La ausencia en su dolor me trae el ofrecimiento de este regalo. Hay momentos en que te recuerdo en un abrazo de corazones. El solo pensamiento de saber que estás vivo me hace feliz. Has poblado tanto mis ausencias que ya no queda desierto alguno. Cuando peregrines en tus propios exilios me nombraras y allí estaré. El tiempo y la distancia no podrán. Te pido que sepas leer el lenguaje de la ausencia que me pronuncia. Yo no tengo promesas, sólo un corazón para dar. Dios nos mostrará el modo que tendremos para acompañarnos.
[1] Diario «El Altillo». Mendoza, Domingo 18 de diciembre de 1994. p. 8.

PADRE EDUARDO CASAS

PARA SEGUIR REFLEXIONANDO SOBRE EL MISTERIO DE LA MUERTE

El juicio de Dios sobre nuestra vida

Por eso, tu que pretendes ser juez –no importa quien seas- no tienes excusa, porque al juzgar a otros, te condenas a ti mismo, ya que haces lo mismo que condenas. Sabemos que Dios juzga de acuerdo con la verdad a los que se comportan así. Tu que juzgas a los que hacen esas cosas e incurres en lo mismo, ¿acaso piensas librarte del Juicio de Dios?. ¿ O desprecias la riqueza de la bondad de Dios, de su tolerancia y de su paciencia, sin reconocer que esa bondad te debe llevar a la conversión?. Por tu obstinación en no querer arrepentirte, vas acumulando ira para el día de la ira, cuando se manifiesten los justos juicios de Dios, que retribuirá a cada uno según sus obras. Él dará la Vida eterna a los que por su constancia en la práctica del bien, buscan la gloria, el honor y la inmortalidad. En cambio, castigará con la ira y la violencia a los rebeldes, a los que no se someten a la verdad y se dejan arrastrar por la injusticia. Es decir, habrá tribulación y angustia para todos los que hacen el mal: para los judíos en primer lugar, y también para los que no lo son. Y habrá gloria, honor y paz para todos los que obran el bien: para los judíos en primer lugar, y también para los que no lo son. Porque Dios no hace acepción de personas.
Romanos 2, 1 - 11.
El apóstol introduce un tema fundamental de nuestro credo, cuando afirmamos en nuestra profesión de fe “creo en la vida eterna”, estamos diciendo en síntesis todas y cada una de estas cosas que Pablo habla respecto del tiempo que vendrá, el tiempo final donde Dios, como juez justo, actuará en misericordia y también mostrando su justicia.
El Dios de la vida, que en la persona de Jesús se nos ha revelado misericordiosamente es un justo juez, misericordia y justicia van de la mano en Dios, tal vez lo que a veces no tenemos tan claro en nuestra vida es que el verdadero juicio, como bien Pablo dice, no esta en Dios, sino en nosotros y en nuestra manera de actuar.
¿Con qué nos presentamos delante de Dios?, esta es la pregunta que surge de la palabra compartida que confronta nuestra existencia con lo que ahí tengo en mis manos para compartir delante del Dios de la vida. Creo en la vida eterna, decimos, y esto supone un juicio particular, según nos enseña el catecismo de la iglesia católica, la muerte de hecho pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto, a la aceptación o al rechazo de la gracia que nos presenta Jesús. Es verdad que no hay otra vida, no hay otra vida más que esta para optar o no por la vida para siempre en Dios.
Una bella experiencia sobre esto se relata en la vida de Teresa de Jesús, que desde muy chica se dejó tomar por esta gracia en su corazón, decía ella: “para siempre, era muy niña y cuando pensaba que las cosas que yo tenía por elegir en esta vida eran para siempre, mi corazón se llenaba de gozo y de alegría”, y entonces cuenta que con su hermano Rodrigo, siendo muy chiquitos, a los 5 años, decidieron salir con la muda hecha, con el moñito hecho, cargando en una pequeña bolsita con un palo alguna ropa e irse afuera de la ciudad de Ávila donde habían nacido a la búsqueda de morir mártires, así podrían estar en el cielo para siempre. Cuentan que los encontró en las puertas de la ciudad una persona amiga de la familia y los hizo volver a su casa, sin embargo el corazón de Teresa de Jesús quedó siempre lleno de esta inquietud infantil y al mismo tiempo del espíritu de vivir en Dios para siempre.
Esta experiencia de de Teresa de Jesús desde muy pequeña, es la que le hace orar, ya adulta en la fe, aquel hermoso verso que sostiene que nada debe turbarnos, nada debe impacientarnos, porque en la paciencia todo lo podemos, nada nos falta, porque al final del camino solo Dios queda, solo Dios basta, no hace falta mas que Dios, entonces en Él podemos todo, y con Él nuestra vida se hace realmente plena.
Hay una sola vida, es verdad esto, una sola vida para elegir, el tiempo para elegir es este que transcurre desde el momento de nuestro nacimiento y el tiempo que estamos al final de esta vida, despidiéndonos para la que vendrá. Ya allí, el peso que supone en el corazón la libertad humana, la existencia humana, se ve profundamente “arrinconada” por la libertad que se ve urgida para elegir.
En el liberalismo, en el pensamiento liberal, que se transforma por estos días en relativismo, donde todo vale, donde todo es exactamente lo mismo, donde no hay diferencias, no existe la urgencia para decidirse, no se ve el llamado a la opción, porque la vida puede pasar sin opciones y sin elecciones según el pensamiento relativo donde todo da exactamente lo mismo.
No todo da lo mismo, al final estaremos de cara a Dios, estaremos en una etapa de purgar lo que nos falta para entrar en la presencia de Él definitiva o estaremos eternamente ausentes de Dios, y por eso con el corazón eternamente entristecido y angustiado, al final habrá un juicio, pero a ese juicio no lo hace Dios, sino nosotros, según sea lo que elegimos.
En la vida, la gracia de la comunión de Jesús se va haciendo explícita o implícitamente una realidad que nos conduce al final de la vida a estar en plena comunión con Él, después de ser profundamente purificados nos hacemos semejantes a Él contemplándolo cara a cara en la vida para siempre.
Esta vida de comunión hasta el final del camino en la contemplación cara a cara del misterio de Dios, en lo que Dios es, un misterio de amor entre las personas, a lo que llamamos Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor en ella, con María, los ángeles y los santos se llama Cielo.
El Cielo es eso, el Cielo es el fin último, y la realización de todas las aspiraciones mas profundas de nosotros, el estado supremo y definitivo de dicha, de gozo, de paz, de alegría y de plenitud. ¿Qué es vivir el Cielo?, vivir el Cielo anticipadamente, el Reino de los Cielos, como dice Jesús en los evangelios sinópticos, es estar con Cristo. Los elegidos viven en él, aún más, tienen allí, o encuentran allí, su verdadera identidad, su propio nombre. Nuestro nombre, dice Apocalipsis 2; 17 está escrito en el Libro de la Vida en el Cielo, de manera tal que cuando lleguemos al Cielo nos vamos a encontrar con nuestro nombre escrito, hay un lugar para nosotros en el Cielo.
Cuando hablamos de Cielo a veces nos referimos a realidades que están muy allá, tan allá que no forman parte de lo nuestro, pareciera que hablar del Cielo y del infierno fueran realidades que no nos tocan a nosotros, que corresponden como a una estratosfera, donde nuestra vida no tiene nada que ver, si nosotros somos gente de carne y hueso que pisa sobre esta tierra y que tiene un montón de cosas que siente, que vive, que espera, que sueña, que sufre, en las que lucha, en las que busca.
¿Qué tiene que ver el Cielo conmigo?, ¿qué tiene que ver el Cielo con vos?, ¿qué el infierno con vos y conmigo?, nada tiene que ver este mensaje con nosotros, claro, porque aquel estado definitivo, eterno decimos, para siempre el Cielo o el infierno empiezan como a aparecer también en medio nuestro. El Cielo y el infierno ya están aquí entre nosotros, estamos de cara a Dios, ¿o no?.
La persona de Jesús supone una respuesta a su persona: ¿si o no?. Si uno va a medias tintas con Jesús, con su proyecto, con su propuesta, con los valores que encarna el anuncio de Jesús, que básicamente están identificados con la vida, con el gozo, con la alegría, con la paz, con la armonía, con la honradez, con la dignidad, con la laboriosidad, con la búsqueda del bien de todos, por sobre todas las cosas la propuesta de Jesús está identificada con el gran valor del amor que lo sintetiza todo.
Es el camino, el amor que es la posibilidad de entregarme a los demás y ponerme al servicio de los otros desde donde estoy y como estoy, encontrando la razón de ser de mi vida justamente en esto, en ser un ser para los otros, para los demás, este es el misterio de la trinidad en realidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se relacionan entre si en un misterio de profundo amor, donde las personas se dan eternamente unas a otras. El Padre vive en el Hijo, el Hijo vive en el Padre, el Padre y el Hijo viven en el Espíritu, el Espíritu es el que vive en el Padre y en el Hijo. La profunda comunión de las personas de la Santísima Trinidad , el misterio de Dios, vinculadas por el amor, están relacionadas unas a otras. De hecho cada una de ellas actuando, viene con las otras actuando, trabajando, metiéndose en la historia.
Es verdad que el que muere en la cruz es el Hijo de Dios, pero igualmente cierto es que en aquella ofrenda de vida por amor están también el Padre y el Espíritu Santo. Es cierto que el tiempo presente que vivimos es el tiempo del Espíritu, es el Espíritu Santo el que alienta nuestra vida, pero también es cierto que el Espíritu que vive en nosotros nos revela la voluntad del Padre en Jesús y nos muestra el rostro de Cristo, que es el rostro del amor del Padre.
Así también nosotros estamos llamados a vivir de cara unos a otros a la entrega de la vida y de amor que es la plenitud de vida: vivir para los otros, vivir para los demás, “háganse servidores unos de otros”, dice Jesús, este es el camino, es la herencia que Jesús deja, es el camino que el Señor muestra.
La muerte y la resurrección de Jesús nos han abierto este camino, es difícil para nosotros, a veces, amar y permanecer en el Cielo, y con todos los valores que supone este amor que incluye a todos aquellos que mencionábamos antes: la honradez, la dignidad, la laboriosidad, el espíritu de amistad, el valor del sacrificio, de la entrega de la vida. En el amor se pueden vivir estos valores, pero a veces resulta difícil, no siempre es fácil permanecer en el amor, el que nos abre esta posibilidad es Jesús, que entrega su vida por amor, y lo hace no de cualquier manera, sino muriendo en la cruz, y desde la cruz, resucitando, nos ofrece a nosotros el mismo camino, una gracia que es fuerza de Él y que nos sostiene a nosotros en nuestra posibilidad de permanecer en actitud de amor y de ofrenda siempre.
El Cielo no está lejos, el Cielo está cerca, Jesús lo dice, el Reino de los Cielos está cerca de ustedes, de hecho, vivimos o no de cara a Dios, no hay estadio intermedio, no existe el limbo. Estamos en Dios o no estamos en Dios, estamos de cara al misterio del amor o estamos encerrados en nosotros mismos, excluidos de los demás, alejados de Dios. El Cielo está cerca de ti, Dios está cerca de ti, hoy te invita a su Cielo.
Nuestro cielo, nuestro infierno de hoy es el juicio de Dios, de cara al misterio del amor de Jesús se define nuestra vida en comunión con Él o apartados de Él, en realidad es que se denota en esto, se demuestra en esto, se trasluce en nuestra propia existencia, nosotros en realidad a veces permanecemos en Dios, a veces no, y las consecuencias que se siguen de esto se traducen en situaciones de vida, en relaciones vinculares que reflejan o no esta comunión de estar con Dios o no.
Hay Cielo y hay infierno, de hecho por ahí decimos, fulano es un cielo, fulana de tal es como un pedazo de cielo, para mi tal situación es un infierno, así lo decimos, surge de nuestro diálogo, forma parte de nuestras cosas de todos los días, de verdad que no es mentira, no es una figura que estamos utilizando, hay situaciones que son realmente angustiosas, entristecedoras, opresoras, que nos apartan del gozo y de la alegría, que nos ponen en situación de precipicio, donde el abismo es el próximo paso hacia donde nos acercamos en nuestro propio camino, se transforma, se traduce para nosotros en eso, en un infierno. Y hay realidades con las que nos encontramos todos los días y decimos, acá descanso, que bueno, esto es lo que estaba buscando mi corazón, acá es donde yo realmente vivo, respiro profundo y digo este es mi lugar, esta es mi casa, este es mi espacio, aquí es donde me quiero quedar, es la experiencia de los discípulos en la transfiguración, los tres está ahí como diciendo, hagamos una carpa acá, que nos vamos a bajar de la montaña, si acá estamos bien, en que lugar vamos a estar mejor que en este, un pedazo de Cielo que Dios regala.
¿Cuáles son tus cielos y cuáles tus infiernos?, es bueno preguntárselo, ¿para que?, para que a tus infiernos los rechaces y para que con tus cielos te quedes. Para que con tus cielos te quedes y tus infiernos queden a un lado, vayan como desapareciendo.
También es cierto que nuestra vida pasa por lugares de purificación, sin llegar a ser definitivamente infiernos, son lugares donde la vida se nos hace un poco más costosa, el purgatorio es una realidad, forma parte del final del camino, y también del camino que vamos transitando todos los días
Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, dice el catecismo de la Iglesia Católica , pero imperfectamente purificados, aunque estar seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte, un tiempo de purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo. La Iglesia llama a esto purgatorio, esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta de los que se pierden para siempre del rostro, de la gloria de Dios.
La Iglesia ha formulado esta doctrina de la fe relativa al purgatorio en el Concilio de Florencia y de Trento. Sin embargo nosotros lo podemos experimentar todos los días, que purgamos la vida, que no es definitivamente una angustia insoportable, una opresión definitiva que nos aplasta y nos termina, pero nos cuesta un Perú a veces caminar, nos cuesta un montón salir hacia delante, mirar hacia la luz y descubrir que es lo que realmente nos llena de gozo y de alegría, las cosas nos resultan un tanto pesadas, son situaciones frente a las que decimos: no está del todo pleno, tampoco está del todo malo, ahí, están ahí, sin embargo sabemos que están llamadas a ser mejor.
Muchas veces nuestras familias pasan por este estado de crecimiento, de madurez, nuestra propia vida en la familia pasa por ese lugar, no está todo bien ni está todo mal, no es que todo da igual, sino que estamos llamados a mas y mientras tanto estamos así, como podemos, nosotros en realidad percibimos que el Cielo está cerca nuestro, y el infierno también.
Mientras caminamos por esta vida en la que transitamos estamos llamados a purgar nuestra propia existencia, a purificar nuestra propia vida, para poder contemplar el rostro de Dios. En realidad dice Jesús, los que van a poder ver el rostro de Dios son los que tienen limpio el corazón. Bienaventurados los que pasan por momentos de purificación en su vida, que suelen ser los momentos de cruz asumidas, no aquellas angustias en las que somos oprimidos, sino momentos difíciles, asumidos, en pos de un bien mayor que todavía no hemos alcanzado, pero que esperamos alcanzar si sabemos llegar con dignidad, con grandeza de ánimo, con espíritu de fe, esos lugares por donde pasamos, donde sentimos realmente que nuestra vida entra como por un colador.
Es bueno analizar aquello que será definitivo, allá después de nuestra vida, al final de nuestro caminar, pero que es cosa nuestra de todos los días, cuales nuestros cielos, nuestros purgatorios, o bien aquellos lugares donde todo es ausencia de Dios, todo es oscuridad, todo es pena, todo es tristeza.
Si no podemos permanecer en Dios y nuestro corazón tiene la plena certeza de que a Él le pertenecemos, y con Él, mucho mas allá de cuales sean las circunstancias que hacen a nuestra vida, permanecemos en profunda comunión, nuestra vida alcanza su plenitud, su verdad, cuando en Dios no podemos estar, cuando nuestra rebeldía, nuestra no aceptación, nuestro dolor no asumido, nuestra situación de vida no puesta en sus manos nos lo impide, y entonces todo se nos hace mas duro, mas oscuro, mas pesado, mas triste, angustioso, eso se parece mucho al infierno, el infierno es carencia de Dios, ausencia de Dios, es imposibilidad de permanecer con Él para siempre.
EL infierno no es un diablito con un tridente, con cuernos en la cabeza, metiéndole leña al fuego para quemarnos a todos la cola, eso es una figura, una caricatura del infierno. El infierno, lejos de ser un lugar caliente, es un lugar frío, es un lugar ausente de amor y por lo tanto carente de toda plenitud, de todo gozo y de toda alegría.
Cuando nosotros nos preguntamos cuales son nuestros infiernos tenemos que preguntarnos cuales son los lugares donde la vida es fría, distante, indiferente, triste, opaca, sin color, sin brillo, sin gozo, sin alegría; no hace falta a veces identificarlo con una cosa oscura, aunque también lo es así, es frío y es oscuro el lugar de la ausencia de Dios.
Pleno, lleno de alegría y de gozo, de gracia, de calor y de amor, de ternura y de armonía, así es la presencia de Dios en la propia vida. Por eso cuando nos preguntamos por nuestros cielos y nuestros infiernos nos preguntamos en el fondo por nuestros estados interiores por los que vamos pasando, por los que a veces sin darnos cuenta, y otras veces queriendo, caprichosamente, permanecemos.
Hay un Cielo, hay un infierno en nuestra vida, y un Cielo y un infierno al final del camino, definitivos, de esto habla hoy la Palabra , sin embargo, este Cielo o este infierno lo vamos decidiendo nosotros, el juicio no es de un imperativo en Dios que decide caprichosamente quien pasa a la derecha y quien a la izquierda, no es de un señor parado en la puerta con la llave en la mano para ver si entramos por aquí o entramos por allá, según sea lo que se le ocurra en ese momento, lo que le parezca en esa circunstancia, a lo que mejor le venga según la cara del cliente es atendido.
Al final del camino no nos van a atender por la cara que tengamos ni porque nos hagamos los buenos, ni porque querramos ser un poquito mas malos, se va a definir de cara a lo que elegimos, si elegimos por la vida o elegimos por la muerte, hay dos caminos delante de ti, ¿cuál elegís?, ¿cuál querés?, ¿qué decidís?, la vida es una opción y la opción se construye en las decisiones que vamos tomando todos los días.
Todos los días el Señor te invita a elegir.
Padre Javier Soteras

HOLA CHICAS...



sábado, 10 de mayo de 2008

Pensando nuestro siglo XXI



Siglo XXI, Tercer milenio, la historia gira y gira en espiral.

El tiempo nunca se detiene. Corre. Vuela. Pasa frenético, vertiginoso y fugaz. Se desgrana, se acumula, se distiende, se contrae, remolinea, se agita, se gasta, se re-inventa.


El tiempo nos lleva adentro: Nos traga, nos marca, nos rige, nos limita.


El tiempo nos transita: Transitamos en el tiempo.


El tiempo nos tiene a nosotros: ¿Nosotros tenemos tiempo?


El mundo tiene su propio tiempo, su edad, su historia. Su propia carga, agobiante y pesada de cúmulos de siglos en su memoria.


Este siglo pronuncia el tiempo que vivimos. Nos habla de nosotros.


Siglo XXI: Un mundo fragmentado y convulsionado; comunicaciones que nos abren a un universo sin umbrales, ni fronteras; derechos humanos que buscan su propia dignidad; justicias largamente esperadas en medio de innumerables injusticias sociales; sociedad de riquezas para pocos y para muchos nuevas pobrezas; un planeta que pide tregua para su devastación; marginación y exclusión en medio de búsqueda de tolerancia y no discriminación; deseos de una mayor y mejor calidad humana en medio de carencias, insatisfacciones y demandas; jóvenes con nuevas búsquedas y también con nuevas desorientaciones; trabajos y esperanzas, esfuerzos y desafíos, sueños y horizontes en común ….


Siglo XXI, tercer milenio, océano inmenso por explorar, nuevos territorios por conquistar, nuevos rostros por reconocer, nuevos nombres y lenguajes por aprender, nuevos silencios por escuchar, nuevas palabras para pronunciar.


Cambios para una época que cambia y se transfigura.


Hombres y mujeres que quieren hacerse más humanos con anhelos de unidad y fraternidad.

Para algunos la fuerza en está en su fe; a otros, les cuesta y les duele creer.
Creer en Dios.


Creer en el hombre.


Creer en los demás.


Creer cada uno en sí mismo: En sus sueños y en sus palabras. En sus fuerzas y sus esfuerzos. En lo que puede con los demás y lo que puede consigo. En lo que puede con otros y lo que puede por otros y para otros.


“Nosotros” ahora se dice “comunión”.



Siglo XXI: ¿Y Dios qué?; ¿Cómo cuenta en todo esto?...



¡Dios mío!.... Dios nuestro…. El Dios de Jesucristo.


Dios presente y ausente. El Dios al que nos acercamos y el Dios del que nos alejamos.


¿Cuál elegimos: El “Dios distinto” y distante o el Dios cercano y humano?



¡Ay, Siglo XXI!: ¿Cuál es tu nombre?; ¿Cómo te llamas?; ¿Qué es lo que quieres?; ¿Qué buscas?...


Vivirás cien años: El tiempo que se te es dado para descifrar tu enigma, tu destino, tu identidad.


Nuestros nombres están inscriptos en tu historia. Nuestras vidas en tu tiempo.


Siglo XXI, un siglo que busca y se busca. Un siglo cuyo nombre aún no conocemos.





Un siglo que busca su propia interioridad…


Texto 2:


Cuando leemos toda la realidad con ojos de fe, ella misma se nos vuelve un signo de Dios y de la época en que vivimos, se transforma en “un signo de los tiempos”: Los tiempos humanos, los tiempos de la historia y los tiempos de Dios para nosotros.

Estos “signos de los tiempos” hay que “interpretarlos para que podamos responder a los perennes interrogantes humanos sobre el sentido de la vida. Es necesario comprender el mundo en que vivimos y su modo de ser, frecuentemente dramático. Vivimos una auténtica transformación social y cultural”.[1]


Tenemos que dar con los “los indicadores del futuro, hacia dónde va el movimiento de la cultura”[2], dentro de la cual “el Espíritu de Dios impulsa a descubrir los profundos anhelos y problemas de los seres humanos y el plan de Dios”[3].


“Es un tiempo de vigilia, la gestación de una nueva aurora”[4]: “Nos encontramos ante una encrucijada, cuyas alternativas y posibilidades necesitan ser discernidas. En la trama de la historia, leemos los signos del tiempo, los «signos de Dios»”.


Este presente, “abre paso a un nuevo período con retos y exigencias”[5]. “Todo desafío nos pone a prueba, nos enfrenta a posibilidades contrapuestas que nos sitúan en la alternativa de sucumbir a tentaciones u optar por esperanzas”.[6] La realidad -de acuerdo a cómo nos paremos frente a ella- resulta una tentación o una esperanza, un temor o una oportunidad. Vos, ¿qué elegís que sea? Dale la oportunidad a este tiempo del mundo y a este tiempo de tu vida de ser una ocasión propicia. También el presente puede ser para vos la fiesta de un día especial, un día de gracia que amanece en medio de cualquier noche.



[1] GS 4.


[2] DP 420.


[3] DP 1128.


[4] LPNE 7.


[5] DA 10.

[6] Ídem.



Texto 3:

Sabemos que “la humanidad se encuentra en una hora de opciones fundamentales. Hay que detectar los desafíos que la transformación cultural plantea; e igualmente, discernir las aspiraciones que allí están implícitas”[7].


Hay que contemplar, por un lado, lo humano desde la fe, descubriendo cómo inciden los diversos planteos, con sus legítimas aspiraciones y, por otro, ver la fe desde lo humano, ya que el Evangelio es una respuesta a cualquier interrogante de la persona.


Es preciso “conocer y discernir los arduos y complejos desafíos a que nos enfrenta el momento actual”.[8] “La humanidad ha entrado en un período de profundos cambios, una verdadera transformación social y cultural en la que se ve envuelta el conjunto de la civilización. La transformación en curso es tan honda y acelerada que trae consigo una gran inquietud espiritual. En la presente transformación cultural, el hombre entero está puesto en cuestión. La situación actual, plena de interrogantes, es una oportunidad ofrecida al hombre para madurar, en su sabiduría y libertad, a fin de hacer este mundo más plenamente humano”[9]. Esta “oportunidad” histórica que nos toca es el compromiso que tenemos con el presente.


En esta primer década del nuevo siglo, en “el comienzo del nuevo milenio, se abre una nueva etapa”[10]

“como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse”[11]: ¿Te animás a ir a lo profundo?; ¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar?; ¿La vida y la historia te llevan arrastrado o caminas consciente de ser protagonista de tu propio destino?; ¿Hasta dónde te alcanzan los sueños para poder vivir?

Inaugurando un tiempo reciente, nuevo y fecundo que está vislumbrándose. Apenas está amaneciendo. La luz se da a luz. Lo que no vemos, no es porque esté escondido sino porque nuestros ojos están cerrados a nuevas formas. Estamos en medio de muchos avances y también en medio de algunos prodigios, de ciertas maravillas para todos. Tal vez estemos iniciando la “era del milagro”.


[7] ECC 29-31.


[8] LPNE 11.


[9] ECC 1-3.


[10] NMI 1.


[11] NMI 58.



Texto 4:


A menudo “nos afligen los grandes cambios que experimentamos pero no nos desconciertan”[12]; “a diferencia de los ocurridos en otras épocas tienen un alcance que afectan al mundo entero en el fenómeno de la globalización. La historia se ha acelerado y los cambios mismos se vuelven vertiginosos. Se comunican con gran velocidad a todos los rincones del plantea”[13]; “en medio de la realidad del cambio cultural, emergen nuevos estilos de vida, maneras de pensar, de sentir, de percibir, nuevas formas de relacionarse”[14].


Ciertamente “vivimos un cambio cuyo nivel más profundo es el cultural”[15]. La globalización es el nombre que hoy tiene la cultura mundial y “se manifiesta como la profunda aspiración del género humano a la unidad”[16]. “Es un fenómeno complejo y para su justa valoración es necesario un análisis que permita ver tanto sus aspectos positivos como negativos”[17].


Sabemos que “muchos se sienten desorientados frente a este cambio cultural. Sin embargo, el anuncio del Evangelio no puede prescindir de la cultura actual. Ésta debe ser conocida, evaluada y, en cierto sentido, asumida”[18]porque es así cómo la fe “se enriquece con nuevas expresiones y valores”[19].



Hay que seguir expandiendo el horizonte. Tenemos que salir, andar, acortar distancias, encontrarnos y re-encontrarnos, conocernos y re-conocernos. Transitar el mundo, caminar en compañía. ¿Estás preparado para hacer el viaje?; ¿Cuál es el umbral en dónde estás?; ¿Adónde empiezan tus fronteras?; ¿Cuáles son tus límites?; ¿Seguís buscando?; ¿Qué va quedando de tus búsquedas?...


[12] DA 20.


[13] DA 34.


[14] DA 51.


[15] DA 44.


[16] DA 60.


[17] DA 61.


[18] DA 480.


[19] DA 479.



Texto 5:



Estamos en los primeros años de este nuevo milenio y del siglo. Esta transición de un milenio y de un siglo a otro no se hace automática, mecánica, ni matemáticamente, como si fuera sólo un cambio de fecha en el almanaque.


Los cambios culturales no son tan inmediatos. No se hacen de un día para otro. Algunos perciben esta transición como un lento atardecer que agoniza hacia las sombras. Para otros, es un paulatino amanecer que busca la plenitud de la luz y la definición de figuras y formas.


Hay un instante del amanecer en que, al igual que el atardecer, se está en sombras, pero -a diferencia de éste- se tiene una penumbra que presagia la luz; en cambio en el atardecer, la luz se extingue. Quizás nos parezca que ahora estamos en las sombras. Necesitamos creer que son las sombras del amanecer. Aquellas sombras que presagian la expansión de la luz.


Creo en la luz. Creo que va amaneciendo sobre el mundo. Creo que las sombras irán menguando y que un día sin ocaso, brillará inextinguible la luz que -aunque tenue- iluminó siempre al mundo.

Estamos en la aurora de un nuevo tiempo. “El milenio que amanece es una nueva oportunidad que Dios mismo nos está ofreciendo para vivir este tiempo particular con una mirada impregnada de fe”[20].

Estamos sólo en los comienzos. En los inicios de una nueva sociedad, en la gestación de una nueva cultura. Estas transiciones históricas del paso de un milenio a otro y de un siglo a otro, muchos las ven apocalípticamente, con cierta actitud tremendista y fatalista.


No estamos presenciando el “final del mundo" sino "el fin de un mundo": El ocaso de un modo de sociedad que se va transformando en otra. No estamos en el final del mundo sino en el comienzo de una nueva civilización y de una nueva concepción de sociedad.


Mientras tanto, no podemos ni exaltar, ni condenar ningún momento histórico. Todos son circunstanciales, fragmentarios y parciales. Así como el sentido de un camino o de una vida sólo se puede entrever al final; de manera similar, el sentido de una época sólo puede discernirse cuando el período histórico ha pasado.

Mientras tanto, somos nosotros los que vamos pasando por el tiempo y sólo fugazmente y desde dentro podemos intuir algo. No nos toca juzgar definitivamente esta época. Nos toca aún algo mucho más hermoso: Vivirla. En la medida en que la vivamos, la conoceremos. El desafío es vivir y valorar este tiempo que Dios nos regala. Vos, ¿en que siglo vivís?; ¿Vivís en este siglo o sobrevivís a él?; ¿Renegás del tiempo que te toca como presente o añorás con nostalgia el pasado?

Sabemos que este tiempo es para nosotros una cuestión abierta. Es más una pregunta que una respuesta. Más un interrogante que una contestación. El camino queda abierto hacia la construcción de la esperanza y aunque es “una nueva época de la historia caracterizada, sobre todo, por profundas transformaciones. Este amanecer no ha concluido y aunque las situaciones nuevas se han vuelto más complejas, podemos percibir qué es lo que termina pero no descubrimos, con la misma claridad, aquello qué está comenzando”[21].


A menudo percibimos las transformaciones como cambios traumáticos. Enseguida nos sentimos en crisis.En todo caso, “esta crisis es una ocasión providencial”[22]. Dios le está regalando nuevamente al mundo, “otra oportunidad”, levantarse y caminar de nuevo. ¡Todavía hay tanto por hacer!; ¡Hay tanto por soñar!, ¡Tantas ocasiones para ser ingeniosos y creativos en el bien!; ¡Hay tanto para compartir!...


Este tiempo, Dios se lo regala al mundo para que los hombres podamos ser más felices. Todos tenemos que ser felices. Un mundo mejor, sólo se construye con gente más feliz. Nunca puede existir un mundo pleno con personas vacías: ¡Siglo XXI, danos la ocasión de ser más felices!; ¡Despierta, despierta, mundo, a tu propio sueño!



[20] Ídem.


[21] JSH 3.


[22] NMA 28.



Texto 6:


“El tercer milenio es una ocasión excepcional para meditar acerca del tiempo en el cual estamos sumergidos”[23]. Todo tiempo de la historia tiene su gracia; “la salvación no se realiza al margen de la historia. No estamos llamados a salvarnos «de» la historia sino «en» ella. Estamos ante un futuro difícil de descifrar, en el que se entrecruzan oportunidades y amenazas. Lo inédito de este tiempo es una ocasión para dejarnos sorprender por Dios. Una época nueva de la historia humana es una oportunidad para abrirse a Dios, el Eterno Viviente. No dejemos de invocar al Espíritu de vida para que Él derrame su dinamismo en la historia”[24].





Somos parte de la humanidad que transita este presente. Todos tenemos las mismas dificultades y las mismas esperanzas. Compartimos la misma suerte. No vivimos en otro mundo.


Sabemos que “no estamos sólo en una época de cambios sino en un cambio de época”[25]; “hay un nuevo camino que emprender, colmados de la esperanza que no defrauda. No vale la pena demorar la partida”[26]; “pertenecemos a una generación inquieta que busca caminos nuevos y que se sabe con recursos para superar sus fracasos y vencer sus dificultades”[27]. Así es como somos profetas hoy.


Cada época de la historia celebra su propio canto. Se identifica con luchas y conquistas, temores y anhelos. ¿Qué nombre le pondremos a este nuevo amanecer que nos alumbra?; ¿Cómo se llamará este período de la historia de la cual somos testigos y protagonistas?...


Siglo XXI, ¿qué rostro tienes?; ¿Cuál es tu nombre y tu destino?; ¿Cuál es tu designio?; ¿Qué secreto nos traes de Dios?; ¿Qué te ha confiado Él para los hijos de este tiempo?; ¿Cómo se ve desde la eternidad este fugaz fragmento que, como un rápido reloj de arena se va vaciando? Somos las arenas del tiempo que se esfuman y se diluyen.


Siglo XXI, ¿Qué latidos tuyos resuenan en nuestro corazón?; ¿Creés en el Dios que sigue vivo y resucitado en este presente?; ¿Vos hoy en qué creés?...



[23] JSH 8.


[24] JSH 10.


[25] NMA 24.


[26] NMA 99.


[27] ICN 196.



Padre Eduardo Casas. (Radio María)

lunes, 21 de abril de 2008

ESCATOLOGÍA


LA PASCUA: EL TRIUNFO DE LA VIDA


Nosotros, los vivos, los que todavía estamos, nos reuniremos con ellos que ya partieron llevados en las nubes al encuentro del Señor, allí arriba y para siempre, estaremos con El Señor. Guarden pues éstas palabras y confórtense unos a otros.
1 Tesalonicenses 4, 15 - 18.


Es lo que estamos intentando hacer en éstos tres días que venimos transcurriendo detrás de una catequesis en torno al duelo a partir de la experiencia del encuentro con Jesús resucitado. – “ El ha muerto y ha resucitado para darnos vida nueva ” dice Pablo y nos invita a poner nuestra esperanza en que quienes mueren con El, los que ya partieron y los que moriremos en El, los que partiremos alguna vez al encuentro de los que ya se fueron, “ resucitaremos y viviremos juntos para siempre ” dice el apóstol.
¿Por quién sanar y para quién sanarnos? Esta tarea nuestra de todos los días de buscar interiormente la mejor manera de estar delante de Dios y de los hermanos con la carta y el peso de la herida de la partida de nuestros seres queridos supone una mirada más amplia que incluya también a los que comparten la vida con nosotros. Puede ser una buena motivación mirar a quienes comparten la vida con nosotros, y a partir de ellos, porque tienen derecho a vernos bien y a que estemos bien, buscar justamente desde ese vínculo con los demás estar lo mejor posible, curados, sanados interiormente para que reciban de nosotros lo mejor que tenemos para ofrecer. Pero ésta motivación en “los otros” no es suficiente si no hay una nueva valorización de nosotros mismos. En realidad, por más que haya otros que estén reclamando un mejor estar nuestro frente a ellos ante el dolor y la ausencia de los que partieron, amigos, vecinos, compañeros, familiares, en realidad, por quien tenemos que ponernos bien es por nosotros mismos y en ese sentido la autoestima, bastante desvalorizada en el momento de la partida de quienes nos dejaron, porque algo nuestro muere con ellos, supone en nosotros una mirada de compasión por nosotros mismos. Una mirada de compasión y un deseo de encontrarle un nuevo sentido a la vida. Una compasión que no sea una lástima por nosotros mismos sino un compadecerse con uno mismo que es padecer con los propios sentimientos con el deseo de encontrar camino a un nuevo sentido, el que se nos puede haber perdido o se nos puede haber ido junto con quien se fue. Es un proceso que lleva un tiempo. Hay que recrear los propios proyectos, resignificarlos. Hay que ponerle límite también al dolor, no límite en cuanto que no le demos espacio para el sufrimiento sino límite en cuanto que hay que orientarlo sobre el proyecto de la propia vida y la resignificación a partir de la experiencia de la ausencia de quién ya no está. Es un proceso de elaboración que tiene como punto de partida la propia aceptación. Aceptar la realidad en nuestro mundo exterior , convulsionado, no es fácil, mucho menos es fácil aceptar la realidad de nuestro mundo interior dispersado, desconcentrado, herido. Parece esto aún más difícil. Nos cuesta mirarnos a los ojos y bucear en lo íntimo de nuestra intimidad y reconocer la existencia de los abismos interiores que nos dejan las partidas de los que amamos. Preferimos derivar la fuente de nuestros sufrimientos en los demás, en las circunstancias del pasado, echarle la culpa a Dios. Somos propensos a aliviarnos pero no siempre a curarnos en la raíz. No es lo mismo aliviar un dolor que curar una herida. Preferimos nosotros enfrentarnos a nuestras crisis pero no confrontamos con ellas tan fácilmente. Vemos siempre lo que perdemos pero casi nunca lo que se puede ganar, lo que se puede crecer, lo que se puede madurar. El dolor siempre madura si es aceptado y bien llevado. Cuando Jesús invita al camino discipular lo primero que pide al discípulo que va a ir detrás de El es que cargue con su cruz y lo siga, porque sabe Jesús que el proceso de madurez y de crecimiento de las personas, a dónde conduce el camino discipular supone la cruz. Si nosotros de verdad, o por la gracia de Dios, sabemos aceptar el dolor de la partida de los que se fueron, nosotros allí, además de hacer un proceso de sanidad que va mucho más allá de la cura que supone la herida que dejó la ausencia, estamos dando pasos de madurez y de crecimiento desde un dolor muy grande. A esto le llamamos “aceptación”. Es una gracia que tenemos que pedir. No podemos aceptar por nosotros mismos y por nuestras propias fuerzas porque hay algo que se fue con quien murió. Hay algo del dolor interior que nos dice que hay algo que murió en nosotros. Sólo cuando aceptamos esto podemos resucitar con quienes murieron y esto es una gracia del Espíritu Santo que quiere obrar en nuestro corazón. Aceptar la realidad implica que somos vulnerables, que somos impotentes, que somos limitados, que hemos dependido de la persona a la que amamos y se fue. Aceptar es hacerse cargo de uno mismo y de su propia vida y aceptar lo que ocurrió “en Dios” para que “en Dios” también resucite lo que murió. Un camino de aceptación no es sencillo, supone la gracia de Dios, supone la experiencia de ser asumidos en la muerte del ser querido y en la propia muerte con la muerte de él por la gracia de la Resurrección de Jesús que venció la muerte. No como una expresión teórica o como quien afirma un postulado de Fe sino como quién hace experiencia existencial, quien descubre que es verdad que Jesús ha resucitado y que nosotros podemos resucitar con los que murieron si en Dios nos entregamos.
Se pregunta una mamá ante la muerte de su hijo Diego, - ¿Diego me llevó a Dios o Dios me llevó a Diego? ¿Cómo es la cosa? En el fondo, dice ésta madre, yo seguía buscando a Diego, y si de alguna forma por la fe que había recibido de niña sabía que Diego estaba resucitado con Dios, entonces tenía que encontrarme con Dios, ese Dios que con tanto amor había recibido a mi hijo con quien Diego estaba ahora en paz.
Como muchas veces vivimos sin espiritualidad o con una fe no celebrada, ni cultivada, ni orada, terminamos pensando que es Dios el que se lo llevó, entonces más lo que nos resentimos que lo que aceptamos. Creemos que estamos dejados de su mano, nos alejamos de El y no nos damos la oportunidad de encontrarnos con Dios, con el Dios verdadero.
- Decidí, dice ésta madre, jugármela por entero, empecé mi búsqueda porque no era el quien estaba perdido sino yo que no me encontraba a mi misma. Recién cuando logré abrir mi interior de par en par a Dios descubrí su mirada. Una mirada, dice ésta madre dolida, que se encontró con la mía, que me hizo sentir tan grande, tan querida, tan amada y a la vez tan pequeña, tan nada. En la medida que me fui dejando traspasar por su mirada todo fue cobrando sentido. Mi vida empezó a reacomodarse y a cambiar de rumbo. ¡Como me desahogaba con El! Sentía lo que dice el salmista, “recoges tus lágrimas en tus odres”
¡Como sentía su amoroso apoyo! ¿Cómo es que no me había dado cuenta antes? ¿Cómo había perdido tanto tiempo? Yo buscaba a mi hijo Diego, y Dios, al resucitar a Diego me encontró a mí.
¿No será esto lo que te está haciendo falta es reconocer que no hay que quedarse en el sepulcro? ¿No será que a vos, como a Lázaro, te invita El Señor , desde la gracia de la resurrección, a salir del sepulcro dónde vos fuiste a enterrarte con quien también partió?
Si quien ya partió junto a Dios está con El, ¿por qué no te animas vos también a dar ese paso de resucitar en tu vida así como Dios resucitó a tu ser querido que partió? ¿No será el tiempo en que vos dejes que el mismo Dios te resucite a vos y te saque de tus lugares de muerte, de angustia, de tristeza, de reclamo, de resentimiento. Que tu pregunta deje de ser un cuestionamiento de Dios y se haga una pregunta abierta que lejos de clavarse en un ¿por qué a mí?, se traduzca ahora en un ¿para que a mí Señor en éste tiempo y en ésta etapa de mi historia?. ¿No será que el cielo que se abrió para tu esposo, para tu esposa, para tu madre, para tu padre, para tu hijo, para tu hija, para tu hermano, para tu hermana, es un cielo que también se abre para vos si estás dispuesto a resucitar con quien Dios ya resucitó?. Seguro que si. ¿Y qué hay que hacer para entrar en esa dimensión? No solamente creer que Dios resucitó sino creerle a Dios. Nosotros tenemos la fe demasiado convencionalmente establecida sobre un discurso casi teórico de lo que creemos pero no terminamos de asentir con el corazón porque no le creemos a Dios aunque creemos en Dios. Hay que creerle a Dios además de creer en Dios. Creerle que al que resucitó que ya partió junto a El, con el que algo de lo tuyo murió en él, ahora algo de lo tuyo comienza a resucitar en él si dejas que Dios actúe con la fuerza de su poder que es el Espíritu, el que resucitó a Cristo Jesús, el que resucita a los que murieron en El y el que viene a resucitarte de tu propia muerte. Aquí termina el duelo, en la gracia de la resurrección. No se puede convivir todos los días con la memoria de un muerto.
No se puede cargar con un muerto todos los días. Dios no lo quiere. Dios es el Señor de la vida y los que murieron en El están con El. Cuando nosotros vivimos la pesadumbre melancólica y la queja, que es la no aceptación en Dios de la partida de nuestros seres queridos, lo único que estamos haciendo es permanecer en un montón de lugares donde pactamos con la muerte bajo todas sus formas: desde el acto de la rebeldía, de la no aceptación, de la queja hecha pregunta sin respuesta a Dios, más que la pregunta con respuesta que Dios quiere en nuestro corazón que es ¿para qué? No muramos con nuestros muertos, y en todo caso, si algo de lo nuestro murió con ellos porque viven en nosotros y nosotros en ellos, demos el paso que falta, resucitemos con ellos. No lo podemos hacer por un acto voluntarista sino por una apertura a la acción de Dios que es el Señor de la Vida.
Cuando El Señor se manifiesta a Moisés en la zarza ardiendo dice –“ Yo soy un Dios de vivos, no soy un Dios de muertos. El Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob, que ya no estaban y que está diciendo Dios “viven en mí, yo soy el Dios de ellos y el Dios tuyo que estás vivo” .
Así Dios viene también a tu encuentro, viene a decirte que sos y que estás llamado a ser a la vida. Que el Señor llene tu vida de Gracia de Resurrección allí donde hay experiencia de muerte.
Cuenta la mamá de Diego: - fui a San Nicolás, ahí en Buenos Aires, donde está la Virgen, fui con unos amigos y conocí el grupo “Resurrección” . El grupo Resurrección es un grupo de mutua ayuda para familiares en situación de duelo. - Ahí me encontré , cuenta la mamá de Diego , con un libro: “renacer en el duelo” . La primera sensación que tuve fue que éste libro había sido escrito para mi. Me impresionó mucho ésta sensación interior que tenía. Al poco tiempo tuve la oportunidad providencial de encontrarme con uno de sus autores en Montevideo, el padre Mateo Bautista, y de interiorizarme como funcionaban éstos grupos. Me alegró saber que estaban avalados por la Iglesia. Me parecía sumamente necesario que en todos los lugares existiera este tipo de ayuda, deseaba que lo que había vivido yo pudiera ser útil para otros. Quería ayudar a ayudarse a quienes vivían en situaciones similares a las mías. Luego de un tiempo de preparación y de capacitación comenzamos con los grupos Resurrección en Uruguay. Había que dar mucho de lo tanto que había recibido. Ayudar a otros en el duelo completa más y mejor la elaboración del propio duelo.
La mamá de Diego está haciendo éste relato desde esa línea de sanidad que supone el reconocimiento de la propia herida y que la fuerza de la salud interior renace en el lugar donde menos nos imaginamos que pueda salir la fuerza de sanación para nosotros, la propia vulnerabilidad, la misma fragilidad. Cuando hacemos esta experiencia se hace palpable en nosotros lo que Pablo dice que el Señor ha puesto en su corazón cuando reconoce que cuando se es débil, entonces la fuerza de Dios actúa con todo su poder en el discípulo. Ahí donde está nuestra imposibilidad, nuestra herida, nuestra realidad más palpablemente vulnerable, allí mismo radica la fuerza de Dios que actúa en el corazón de los que se ponen en sus manos entregándose desde lo que ya se experimenta como que “no damos más”. Este es el punto justo para dejarle a Dios que haga su obra. Si estás en ese lugar, en éste momento, en donde decís -“no doy más con éste dolor, con éste sufrimiento, con ésta amargura, con ésta herida, con ésta memoria de quien partió y no termino de superarla” , si estás allí, te invito a que ahora le digas a Jesús: -“actuá en mí Jesús, en éste lugar, dónde vos sabes que me siento frágil, me siento vulnerable, me siento que no puedo con éste dolor que me crucifica todos los días ”. La memoria y la ausencia que se hacen presencia. O la presencia de una ausencia. En éste lugar te invito a que te detengas para que esa ausencia sea presencia de resurrección de quien partió y de vos en comunión con él en Dios.
Un camino que nos conduce a ser realmente felices. La experiencia de la partida de los seres queridos que tiene un proceso duro de dolor y que en el duelo va sanando, tiene como término la experiencia de la felicidad, de la plenitud, de ellos en Dios y de nosotros en Dios junto a ellos. “Ser feliz” es el llamado.
- Realmente cuando uno mira su vida hacia atrás le parece imposible poder decir “hoy soy feliz” , cuenta la mamá de Diego, “ y sin embargo no solamente yo sino toda mi familia vive feliz, es un tiempo de gozo y de alegría el nuestro a pesar de éste dolor grande de la pérdida de un hijo, que como dicen, no tiene nombre . Es así, cuando se te muere tu papá o tu mamá sos huérfano o huérfana, cuando se te muere ti esposo o esposa sos viuda o viudo, cuando se te muere un hijo ¿cómo se llama?, no tiene nombre, a no ser que nosotros le pongamos el nombre que Dios Padre le puso cuando murió Su Hijo en la cruz: Pascua. Pascua es paso de Dios sobre nuestra propia vida. Esto para las madres y los padres que han perdido hijos, es pascua de Dios. Y pascua de Dios es muerte y resurrección y es, definitivamente, camino de plenitud y de felicidad. A esto nos invita hoy La Palabra.
Te invito yo con La Palabra a dejar que la Pascua de Dios sea pascua en tu propia vida.

LA COMPRENSIÓN DE LA MUERTE



ESCATOLOGÍA: LA COMPRENSIÓN DE LA MUERTE

http://www.radiomaria.org.ar/content.aspx?con=543
http://www.radiomaria.org.ar/resultados.aspx?la%20comprensi%c3%b3n%20de%20la%20muerte





El juicio de Dios sobre nuestra vida

Por eso, tu que pretendes ser juez –no importa quien seas- no tienes excusa, porque al juzgar a otros, te condenas a ti mismo, ya que haces lo mismo que condenas. Sabemos que Dios juzga de acuerdo con la verdad a los que se comportan así. Tu que juzgas a los que hacen esas cosas e incurres en lo mismo, ¿acaso piensas librarte del Juicio de Dios?. ¿ O desprecias la riqueza de la bondad de Dios, de su tolerancia y de su paciencia, sin reconocer que esa bondad te debe llevar a la conversión?. Por tu obstinación en no querer arrepentirte, vas acumulando ira para el día de la ira, cuando se manifiesten los justos juicios de Dios, que retribuirá a cada uno según sus obras. Él dará la Vida eterna a los que por su constancia en la práctica del bien, buscan la gloria, el honor y la inmortalidad. En cambio, castigará con la ira y la violencia a los rebeldes, a los que no se someten a la verdad y se dejan arrastrar por la injusticia. Es decir, habrá tribulación y angustia para todos los que hacen el mal: para los judíos en primer lugar, y también para los que no lo son. Y habrá gloria, honor y paz para todos los que obran el bien: para los judíos en primer lugar, y también para los que no lo son. Porque Dios no hace acepción de personas.
Romanos 2, 1 - 11.


El apóstol introduce un tema fundamental de nuestro credo, cuando afirmamos en nuestra profesión de fe “creo en la vida eterna”, estamos diciendo en síntesis todas y cada una de estas cosas que Pablo habla respecto del tiempo que vendrá, el tiempo final donde Dios, como juez justo, actuará en misericordia y también mostrando su justicia.


El Dios de la vida, que en la persona de Jesús se nos ha revelado misericordiosamente es un justo juez, misericordia y justicia van de la mano en Dios, tal vez lo que a veces no tenemos tan claro en nuestra vida es que el verdadero juicio, como bien Pablo dice, no esta en Dios, sino en nosotros y en nuestra manera de actuar.


¿Con qué nos presentamos delante de Dios?, esta es la pregunta que surge de la palabra compartida que confronta nuestra existencia con lo que ahí tengo en mis manos para compartir delante del Dios de la vida. Creo en la vida eterna, decimos, y esto supone un juicio particular, según nos enseña el catecismo de la iglesia católica, la muerte de hecho pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto, a la aceptación o al rechazo de la gracia que nos presenta Jesús. Es verdad que no hay otra vida, no hay otra vida más que esta para optar o no por la vida para siempre en Dios.


Una bella experiencia sobre esto se relata en la vida de Teresa de Jesús, que desde muy chica se dejó tomar por esta gracia en su corazón, decía ella: “para siempre, era muy niña y cuando pensaba que las cosas que yo tenía por elegir en esta vida eran para siempre, mi corazón se llenaba de gozo y de alegría”, y entonces cuenta que con su hermano Rodrigo, siendo muy chiquitos, a los 5 años, decidieron salir con la muda hecha, con el moñito hecho, cargando en una pequeña bolsita con un palo alguna ropa e irse afuera de la ciudad de Ávila donde habían nacido a la búsqueda de morir mártires, así podrían estar en el cielo para siempre. Cuentan que los encontró en las puertas de la ciudad una persona amiga de la familia y los hizo volver a su casa, sin embargo el corazón de Teresa de Jesús quedó siempre lleno de esta inquietud infantil y al mismo tiempo del espíritu de vivir en Dios para siempre.


Esta experiencia de de Teresa de Jesús desde muy pequeña, es la que le hace orar, ya adulta en la fe, aquel hermoso verso que sostiene que nada debe turbarnos, nada debe impacientarnos, porque en la paciencia todo lo podemos, nada nos falta, porque al final del camino solo Dios queda, solo Dios basta, no hace falta mas que Dios, entonces en Él podemos todo, y con Él nuestra vida se hace realmente plena.


Hay una sola vida, es verdad esto, una sola vida para elegir, el tiempo para elegir es este que transcurre desde el momento de nuestro nacimiento y el tiempo que estamos al final de esta vida, despidiéndonos para la que vendrá. Ya allí, el peso que supone en el corazón la libertad humana, la existencia humana, se ve profundamente “arrinconada” por la libertad que se ve urgida para elegir.


En el liberalismo, en el pensamiento liberal, que se transforma por estos días en relativismo, donde todo vale, donde todo es exactamente lo mismo, donde no hay diferencias, no existe la urgencia para decidirse, no se ve el llamado a la opción, porque la vida puede pasar sin opciones y sin elecciones según el pensamiento relativo donde todo da exactamente lo mismo.


No todo da lo mismo, al final estaremos de cara a Dios, estaremos en una etapa de purgar lo que nos falta para entrar en la presencia de Él definitiva o estaremos eternamente ausentes de Dios, y por eso con el corazón eternamente entristecido y angustiado, al final habrá un juicio, pero a ese juicio no lo hace Dios, sino nosotros, según sea lo que elegimos.


En la vida, la gracia de la comunión de Jesús se va haciendo explícita o implícitamente una realidad que nos conduce al final de la vida a estar en plena comunión con Él, después de ser profundamente purificados nos hacemos semejantes a Él contemplándolo cara a cara en la vida para siempre.


Esta vida de comunión hasta el final del camino en la contemplación cara a cara del misterio de Dios, en lo que Dios es, un misterio de amor entre las personas, a lo que llamamos Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor en ella, con María, los ángeles y los santos se llama Cielo.


El Cielo es eso, el Cielo es el fin último, y la realización de todas las aspiraciones mas profundas de nosotros, el estado supremo y definitivo de dicha, de gozo, de paz, de alegría y de plenitud. ¿Qué es vivir el Cielo?, vivir el Cielo anticipadamente, el Reino de los Cielos, como dice Jesús en los evangelios sinópticos, es estar con Cristo. Los elegidos viven en él, aún más, tienen allí, o encuentran allí, su verdadera identidad, su propio nombre. Nuestro nombre, dice Apocalipsis 2; 17 está escrito en el Libro de la Vida en el Cielo, de manera tal que cuando lleguemos al Cielo nos vamos a encontrar con nuestro nombre escrito, hay un lugar para nosotros en el Cielo.


Cuando hablamos de Cielo a veces nos referimos a realidades que están muy allá, tan allá que no forman parte de lo nuestro, pareciera que hablar del Cielo y del infierno fueran realidades que no nos tocan a nosotros, que corresponden como a una estratosfera, donde nuestra vida no tiene nada que ver, si nosotros somos gente de carne y hueso que pisa sobre esta tierra y que tiene un montón de cosas que siente, que vive, que espera, que sueña, que sufre, en las que lucha, en las que busca.


¿Qué tiene que ver el Cielo conmigo?, ¿qué tiene que ver el Cielo con vos?, ¿qué el infierno con vos y conmigo?, nada tiene que ver este mensaje con nosotros, claro, porque aquel estado definitivo, eterno decimos, para siempre el Cielo o el infierno empiezan como a aparecer también en medio nuestro. El Cielo y el infierno ya están aquí entre nosotros, estamos de cara a Dios, ¿o no?.


La persona de Jesús supone una respuesta a su persona: ¿si o no?. Si uno va a medias tintas con Jesús, con su proyecto, con su propuesta, con los valores que encarna el anuncio de Jesús, que básicamente están identificados con la vida, con el gozo, con la alegría, con la paz, con la armonía, con la honradez, con la dignidad, con la laboriosidad, con la búsqueda del bien de todos, por sobre todas las cosas la propuesta de Jesús está identificada con el gran valor del amor que lo sintetiza todo.


Es el camino, el amor que es la posibilidad de entregarme a los demás y ponerme al servicio de los otros desde donde estoy y como estoy, encontrando la razón de ser de mi vida justamente en esto, en ser un ser para los otros, para los demás, este es el misterio de la trinidad en realidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se relacionan entre si en un misterio de profundo amor, donde las personas se dan eternamente unas a otras. El Padre vive en el Hijo, el Hijo vive en el Padre, el Padre y el Hijo viven en el Espíritu, el Espíritu es el que vive en el Padre y en el Hijo. La profunda comunión de las personas de la Santísima Trinidad , el misterio de Dios, vinculadas por el amor, están relacionadas unas a otras. De hecho cada una de ellas actuando, viene con las otras actuando, trabajando, metiéndose en la historia.


Es verdad que el que muere en la cruz es el Hijo de Dios, pero igualmente cierto es que en aquella ofrenda de vida por amor están también el Padre y el Espíritu Santo. Es cierto que el tiempo presente que vivimos es el tiempo del Espíritu, es el Espíritu Santo el que alienta nuestra vida, pero también es cierto que el Espíritu que vive en nosotros nos revela la voluntad del Padre en Jesús y nos muestra el rostro de Cristo, que es el rostro del amor del Padre.


Así también nosotros estamos llamados a vivir de cara unos a otros a la entrega de la vida y de amor que es la plenitud de vida: vivir para los otros, vivir para los demás, “háganse servidores unos de otros”, dice Jesús, este es el camino, es la herencia que Jesús deja, es el camino que el Señor muestra.


La muerte y la resurrección de Jesús nos han abierto este camino, es difícil para nosotros, a veces, amar y permanecer en el Cielo, y con todos los valores que supone este amor que incluye a todos aquellos que mencionábamos antes: la honradez, la dignidad, la laboriosidad, el espíritu de amistad, el valor del sacrificio, de la entrega de la vida. En el amor se pueden vivir estos valores, pero a veces resulta difícil, no siempre es fácil permanecer en el amor, el que nos abre esta posibilidad es Jesús, que entrega su vida por amor, y lo hace no de cualquier manera, sino muriendo en la cruz, y desde la cruz, resucitando, nos ofrece a nosotros el mismo camino, una gracia que es fuerza de Él y que nos sostiene a nosotros en nuestra posibilidad de permanecer en actitud de amor y de ofrenda siempre.


El Cielo no está lejos, el Cielo está cerca, Jesús lo dice, el Reino de los Cielos está cerca de ustedes, de hecho, vivimos o no de cara a Dios, no hay estadio intermedio, no existe el limbo. Estamos en Dios o no estamos en Dios, estamos de cara al misterio del amor o estamos encerrados en nosotros mismos, excluidos de los demás, alejados de Dios. El Cielo está cerca de ti, Dios está cerca de ti, hoy te invita a su Cielo.


Nuestro cielo, nuestro infierno de hoy es el juicio de Dios, de cara al misterio del amor de Jesús se define nuestra vida en comunión con Él o apartados de Él, en realidad es que se denota en esto, se demuestra en esto, se trasluce en nuestra propia existencia, nosotros en realidad a veces permanecemos en Dios, a veces no, y las consecuencias que se siguen de esto se traducen en situaciones de vida, en relaciones vinculares que reflejan o no esta comunión de estar con Dios o no.


Hay Cielo y hay infierno, de hecho por ahí decimos, fulano es un cielo, fulana de tal es como un pedazo de cielo, para mi tal situación es un infierno, así lo decimos, surge de nuestro diálogo, forma parte de nuestras cosas de todos los días, de verdad que no es mentira, no es una figura que estamos utilizando, hay situaciones que son realmente angustiosas, entristecedoras, opresoras, que nos apartan del gozo y de la alegría, que nos ponen en situación de precipicio, donde el abismo es el próximo paso hacia donde nos acercamos en nuestro propio camino, se transforma, se traduce para nosotros en eso, en un infierno. Y hay realidades con las que nos encontramos todos los días y decimos, acá descanso, que bueno, esto es lo que estaba buscando mi corazón, acá es donde yo realmente vivo, respiro profundo y digo este es mi lugar, esta es mi casa, este es mi espacio, aquí es donde me quiero quedar, es la experiencia de los discípulos en la transfiguración, los tres está ahí como diciendo, hagamos una carpa acá, que nos vamos a bajar de la montaña, si acá estamos bien, en que lugar vamos a estar mejor que en este, un pedazo de Cielo que Dios regala.


¿Cuáles son tus cielos y cuáles tus infiernos?, es bueno preguntárselo, ¿para que?, para que a tus infiernos los rechaces y para que con tus cielos te quedes. Para que con tus cielos te quedes y tus infiernos queden a un lado, vayan como desapareciendo.


También es cierto que nuestra vida pasa por lugares de purificación, sin llegar a ser definitivamente infiernos, son lugares donde la vida se nos hace un poco más costosa, el purgatorio es una realidad, forma parte del final del camino, y también del camino que vamos transitando todos los días


Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, dice el catecismo de la Iglesia Católica , pero imperfectamente purificados, aunque estar seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte, un tiempo de purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo. La Iglesia llama a esto purgatorio, esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta de los que se pierden para siempre del rostro, de la gloria de Dios.


La Iglesia ha formulado esta doctrina de la fe relativa al purgatorio en el Concilio de Florencia y de Trento. Sin embargo nosotros lo podemos experimentar todos los días, que purgamos la vida, que no es definitivamente una angustia insoportable, una opresión definitiva que nos aplasta y nos termina, pero nos cuesta un Perú a veces caminar, nos cuesta un montón salir hacia delante, mirar hacia la luz y descubrir que es lo que realmente nos llena de gozo y de alegría, las cosas nos resultan un tanto pesadas, son situaciones frente a las que decimos: no está del todo pleno, tampoco está del todo malo, ahí, están ahí, sin embargo sabemos que están llamadas a ser mejor.


Muchas veces nuestras familias pasan por este estado de crecimiento, de madurez, nuestra propia vida en la familia pasa por ese lugar, no está todo bien ni está todo mal, no es que todo da igual, sino que estamos llamados a mas y mientras tanto estamos así, como podemos, nosotros en realidad percibimos que el Cielo está cerca nuestro, y el infierno también.


Mientras caminamos por esta vida en la que transitamos estamos llamados a purgar nuestra propia existencia, a purificar nuestra propia vida, para poder contemplar el rostro de Dios. En realidad dice Jesús, los que van a poder ver el rostro de Dios son los que tienen limpio el corazón. Bienaventurados los que pasan por momentos de purificación en su vida, que suelen ser los momentos de cruz asumidas, no aquellas angustias en las que somos oprimidos, sino momentos difíciles, asumidos, en pos de un bien mayor que todavía no hemos alcanzado, pero que esperamos alcanzar si sabemos llegar con dignidad, con grandeza de ánimo, con espíritu de fe, esos lugares por donde pasamos, donde sentimos realmente que nuestra vida entra como por un colador.


Es bueno analizar aquello que será definitivo, allá después de nuestra vida, al final de nuestro caminar, pero que es cosa nuestra de todos los días, cuales nuestros cielos, nuestros purgatorios, o bien aquellos lugares donde todo es ausencia de Dios, todo es oscuridad, todo es pena, todo es tristeza.


Si no podemos permanecer en Dios y nuestro corazón tiene la plena certeza de que a Él le pertenecemos, y con Él, mucho mas allá de cuales sean las circunstancias que hacen a nuestra vida, permanecemos en profunda comunión, nuestra vida alcanza su plenitud, su verdad, cuando en Dios no podemos estar, cuando nuestra rebeldía, nuestra no aceptación, nuestro dolor no asumido, nuestra situación de vida no puesta en sus manos nos lo impide, y entonces todo se nos hace mas duro, mas oscuro, mas pesado, mas triste, angustioso, eso se parece mucho al infierno, el infierno es carencia de Dios, ausencia de Dios, es imposibilidad de permanecer con Él para siempre.


EL infierno no es un diablito con un tridente, con cuernos en la cabeza, metiéndole leña al fuego para quemarnos a todos la cola, eso es una figura, una caricatura del infierno. El infierno, lejos de ser un lugar caliente, es un lugar frío, es un lugar ausente de amor y por lo tanto carente de toda plenitud, de todo gozo y de toda alegría.


Cuando nosotros nos preguntamos cuales son nuestros infiernos tenemos que preguntarnos cuales son los lugares donde la vida es fría, distante, indiferente, triste, opaca, sin color, sin brillo, sin gozo, sin alegría; no hace falta a veces identificarlo con una cosa oscura, aunque también lo es así, es frío y es oscuro el lugar de la ausencia de Dios.


Pleno, lleno de alegría y de gozo, de gracia, de calor y de amor, de ternura y de armonía, así es la presencia de Dios en la propia vida. Por eso cuando nos preguntamos por nuestros cielos y nuestros infiernos nos preguntamos en el fondo por nuestros estados interiores por los que vamos pasando, por los que a veces sin darnos cuenta, y otras veces queriendo, caprichosamente, permanecemos.


Hay un Cielo, hay un infierno en nuestra vida, y un Cielo y un infierno al final del camino, definitivos, de esto habla hoy la Palabra , sin embargo, este Cielo o este infierno lo vamos decidiendo nosotros, el juicio no es de un imperativo en Dios que decide caprichosamente quien pasa a la derecha y quien a la izquierda, no es de un señor parado en la puerta con la llave en la mano para ver si entramos por aquí o entramos por allá, según sea lo que se le ocurra en ese momento, lo que le parezca en esa circunstancia, a lo que mejor le venga según la cara del cliente es atendido.


Al final del camino no nos van a atender por la cara que tengamos ni porque nos hagamos los buenos, ni porque querramos ser un poquito mas malos, se va a definir de cara a lo que elegimos, si elegimos por la vida o elegimos por la muerte, hay dos caminos delante de ti, ¿cuál elegís?, ¿cuál querés?, ¿qué decidís?, la vida es una opción y la opción se construye en las decisiones que vamos tomando todos los días.


Todos los días el Señor te invita a elegir.

jueves, 10 de abril de 2008

DIGNIDAD HUMANA




LA DIGNIDAD HUMANA

REDEMPTOR HOMINIS
7. En el Misterio de Cristo
Si las vías por las que el Concilio de nuestro siglo ha encaminado a la Iglesia —vías indicadas en su primera Encíclica por el llorado Papa Pablo VI— permanecen por largo tiempo las vías que todos nosotros debemos seguir, a la vez, en esta nueva etapa podemos justamente preguntarnos: ¿Cómo? ¿De qué modo hay que proseguir? ¿Qué hay que hacer a fin de que este nuevo adviento de la Iglesia, próximo ya al final del segundo milenio, nos acerque a Aquel que la Sagrada Escritura llama: «Padre sempiterno», Pater futuri saeculi? 21 Esta es la pregunta fundamental que el nuevo Pontífice debe plantearse, cuando, en espíritu de obediencia de fe, acepta la llamada según el mandato de Cristo dirigido más de una vez a Pedro: «Apacienta mis corderos», 22 que quiere decir: Sé pastor de mi rebaño; y después: «... una vez convertido, confirma a tus hermanos». 23
Es precisamente aquí, carísimos Hermanos, Hijos e Hijas, donde se impone una respuesta fundamental y esencial, es decir, la única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo. A Él nosotros queremos mirar, porque sólo en Él, Hijo de Dios, hay salvación, renovando la afirmación de Pedro «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna». 24
A través de la conciencia de la Iglesia, tan desarrollada por el Concilio, a todos los niveles de esta conciencia y a través también de todos los campos de la actividad en que la Iglesia se expresa, se encuentra y se confirma, debemos tender constantemente a Aquel «que es la cabeza», 25 a Aquel «de quien todo procede y para quien somos nosotros», 26 a Aquel que es al mismo tiempo «el camino, la verdad» 27 y «la resurrección y la vida», 28 a Aquel que viéndolo nos muestra al Padre, 29 a Aquel que debía irse de nosotros 30 —se refiere a la muerte en Cruz y después a la Ascensión al cielo— para que el Abogado viniese a nosotros y siga viniendo constantemente como Espíritu de verdad. 31 En Él están escondidos a todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia», 32 y la Iglesia es su Cuerpo. 33 La Iglesia es en Cristo como un «sacramento, o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano» 34 y de esto es Él la fuente. ¡El mismo! ¡El, el Redentor!
La Iglesia no cesa de escuchar sus palabras, las vuelve a leer continuamente, reconstruye con la máxima devoción todo detalle particular de su vida. Estas palabras son escuchadas también por los no cristianos. La vida de Cristo habla al mismo tiempo a tantos hombres que no están aún en condiciones de repetir con Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». 35 Él, Hijo de Dios vivo, habla a los hombres también como Hombre: es su misma vida la que habla, su humanidad, su fidelidad a la verdad, su amor que abarca a todos. Habla además su muerte en Cruz, esto es, la insondable profundidad de su sufrimiento y de su abandono. La Iglesia no cesa jamás de revivir su muerte en Cruz y su Resurrección, que constituyen el contenido de la vida cotidiana de la Iglesia. En efecto, por mandato del mismo Cristo, su Maestro, la Iglesia celebra incesantemente la Eucaristía, encontrando en ella la «fuente de la vida y de la santidad», 36 el signo eficaz de la gracia y de la reconciliación con Dios, la prenda de la vida eterna. La Iglesia vive su misterio, lo alcanza sin cansarse nunca y busca continuamente los caminos para acercar este misterio de su Maestro y Señor al género humano: a los pueblos, a las naciones, a las generaciones que se van sucediendo, a todo hombre en particular, como si repitiese siempre a ejemplo del Apóstol: «que nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado». 37 La Iglesia permanece en la esfera del misterio de la Redención que ha llegado a ser precisamente el principio fundamental de su vida y de su misión.

10. Dimensión humana del misterio de la Redención
El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es —si se puede expresar así— la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. En el misterio de la Redención el hombre es «confirmado» y en cierto modo es nuevamente creado. ¡El es creado de nuevo! «Ya no es judío ni griego: ya no es esclavo ni libre; no es ni hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús». 64 El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo —no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes— debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe «apropiarse» y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces él da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha «merecido tener tan grande Redentor», 65 si «Dios ha dado a su Hijo», a fin de que él, el hombre, «no muera sino que tenga la vida eterna»! 66
En realidad, ese profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo. Este estupor justifica la misión de la Iglesia en el mundo, incluso, y quizá aún más, «en el mundo contemporáneo». Este estupor y al mismo tiempo persuasión y certeza que en su raíz profunda es la certeza de la fe, pero que de modo escondido y misterioso vivifica todo aspecto del humanismo auténtico, está estrechamente vinculado con Cristo. Él determina también su puesto, su —por así decirlo— particular derecho de ciudadanía en la historia del hombre y de la humanidad. La Iglesia que no cesa de contemplar el conjunto del misterio de Cristo, sabe con toda la certeza de la fe que la Redención llevada a cabo por medio de la Cruz, ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del pecado. Por esta razón la Redención se ha cumplido en el misterio pascual que a través de la cruz y la muerte conduce a la resurrección.
El cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas y particularmente en la nuestra es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redención, que se realiza en Cristo Jesús. Contemporáneamente, se toca también la más profunda obra del hombre, la esfera —queremos decir— de los corazones humanos, de las conciencias humanas y de las vicisitudes humanas.


EVANGELIUM VITAE
Valor incomparable de la persona humana
2.El hombre está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios. Lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana incluso en su fase temporal. En efecto, la vida en el tiempo es condición básica, momento inicial y parte integrante de todo el proceso unitario de la vida humana. Un proceso que, inesperada e inmerecidamente, es iluminado por la promesa y renovado por el don de la vida divina, que alcanzará su plena realización en la eternidad (cf. 1 Jn 3, 1-2). Al mismo tiempo, esta llamada sobrenatural subraya precisamente el carácter relativo de la vida terrena del hombre y de la mujer. En verdad, esa no es realidad «última», sino «penúltima»; es realidad sagrada, que se nos confía para que la custodiemos con sentido de responsabilidad y la llevemos a perfección en el amor y en el don de nosotros mismos a Dios y a los hermanos.
La Iglesia sabe que este Evangelio de la vida, recibido de su Señor, 1 tiene un eco profundo y persuasivo en el corazón de cada persona, creyente e incluso no creyente, porque, superando infinitamente sus expectativas, se ajusta a ella de modo sorprendente. Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cf. Rom 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política.
Los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este derecho, conscientes de la maravillosa verdad recordada por el Concilio Vaticano II: «el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre». 2 En efecto, en este acontecimiento salvífico se revela a la humanidad no sólo el amor infinito de Dios que «tanto amó al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3, 16), sino también el valor incomparable de cada persona humana.
La Iglesia, escrutando asiduamente el misterio de la Redención, descubre con renovado asombro este valor 3 y se siente llamada a anunciar a los hombres de todos los tiempos este «Evangelio», fuente de esperanza inquebrantable y de verdadera alegría para cada época de la historia. El Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio.
Por ello el hombre, el hombre viviente, constituye el camino primero y fundamental de la Iglesia. 4

DIOS RICO EN MISERICORDIA
6. Reflexión particular sobre la dignidad humana
Esta imagen concreta del estado de ánimo del hijo pródigo nos permite comprender con exactitud en qué consiste la misericordia divina. No hay lugar a dudas de que en esa analogía sencilla pero penetrante la figura del progenitor nos revela a Dios como Padre. El comportamiento del padre de la parábola, su modo de obrar que pone de manifiesto su actitud interior, nos permite hallar cada uno de los hilos de la visión veterotestamentaria de la misericordia, en una síntesis completamente nueva, llena de sencillez y de profundidad. El padre del hijo pródigo es fiel a su paternidad, fiel al amor que desde siempre sentía por su hijo. Tal fidelidad se expresa en la parábola no sólo con la inmediata prontitud en acogerlo cuando vuelve a casa después de haber malgastado el patrimonio; se expresa aún más plenamente con aquella alegría, con aquella festosidad tan generosa respecto al disipador después de su vuelta, de tal manera que suscita contrariedad y envidia en el hermano mayor, quien no se había alejado nunca del padre ni había abandonado la casa.
La fidelidad a sí mismo por parte del padre —un comportamiento ya conocido por el término veterotestamentario «hesed»— es expresada al mismo tiempo de manera singularmente impregnada de amor. Leemos en efecto que cuando el padre divisó de lejos al hijo pródigo que volvía a casa, «le salió conmovido al encuentro, le echó los brazos al cuello y lo besó». 64 Está obrando ciertamente a impulsos de un profundo afecto, lo cual explica también su generosidad hacia el hijo, aquella generosidad que indignará tanto al hijo mayor. Sin embargo las causas de la conmoción hay que buscarlas más en profundidad. Sí, el padre es consciente de que se ha salvado un bien fundamental: el bien de la humanidad de su hijo. Si bien éste había malgastado el patrimonio, no obstante ha quedado a salvo su humanidad. Es más, ésta ha sido de algún modo encontrada de nuevo. Lo dicen las palabras dirigidas por el padre al hijo mayor: «Había que hacer fiesta y alegrarse porque este hermano tuyo había muerto y ha resucitado, se había perdido y ha sido hallado». 65 En el mismo capítulo XV del evangelio de san Lucas, leemos la parábola de la oveja extraviada 66 y sucesivamente de la dracma perdida. 67 Se pone siempre de relieve la misma alegría, presente en el caso del hijo pródigo. La fidelidad del padre a sí mismo está totalmente centrada en la humanidad del hijo perdido, en su dignidad. Así se explica ante todo la alegre conmoción por su vuelta a casa.
Prosiguiendo, se puede decir por tanto que el amor hacia el hijo, el amor que brota de la esencia misma de la paternidad, obliga en cierto sentido al padre a tener solicitud por la dignidad del hijo. Esta solicitud constituye la medida de su amor, como escribirá san Pablo: «La caridad es paciente, es benigna..., no es interesada, no se irrita..., no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad..., todo lo espera, todo lo tolera» y «no pasa jamás». 68 La misericordia —tal como Cristo nos la ha presentado en la parábola del hijo pródigo— tiene la forma interior del amor, que en el Nuevo Testamento se llama agapé. Tal amor es capaz de inclinarse hacia todo hijo pródigo, toda miseria humana y singularmente hacia toda miseria moral o pecado. Cuando esto ocurre, el que es objeto de misericordia no se siente humillado, sino como hallado de nuevo y «revalorizado». El padre le manifiesta, particularmente, su alegría por haber sido «hallado de nuevo» y por «haber resucitado». Esta alegría indica un bien inviolado: un hijo, por más que sea pródigo, no deja de ser hijo real de su padre; indica además un bien hallado de nuevo, que en el caso del hijo pródigo fue la vuelta a la verdad de sí mismo.
Lo que ha ocurrido en la relación del padre con el hijo, en la parábola de Cristo, no se puede valorar «desde fuera». Nuestros prejuicios en torno al tema de la misericordia son a lo más el resultado de una valoración exterior. Ocurre a veces que, siguiendo tal sistema de valoración, percibimos principalmente en la misericordia una relación de desigualdad entre el que la ofrece y el que la recibe. Consiguientemente estamos dispuestos a deducir que la misericordia difama a quien la recibe y ofende la dignidad del hombre. La parábola del hijo pródigo demuestra cuán diversa es la realidad: la relación de misericordia se funda en la común experiencia de aquel bien que es el hombre, sobre la común experiencia de la dignidad que le es propia. Esta experiencia común hace que el hijo pródigo comience a verse a sí mismo y sus acciones con toda verdad (semejante visión en la verdad es auténtica humildad); en cambio para el padre, y precisamente por esto, el hijo se convierte en un bien particular: el padre ve el bien que se ha realizado con una claridad tan límpida, gracias a una irradiación misteriosa de la verdad y del amor, que parece olvidarse de todo el mal que el hijo había cometido.
La parábola del hijo pródigo expresa de manera sencilla, pero profunda la realidad de la conversión. Esta es la expresión más concreta de la obra del amor y de la presencia de la misericordia en el mundo humano. El significado verdadero y propio de la misericordia en el mundo no consiste únicamente en la mirada, aunque sea la más penetrante y compasiva, dirigida al mal moral, físico o material: la misericordia se manifiesta en su aspecto verdadero y propio, cuando revalida, promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre. Así entendida, constituye el contenido fundamental del mensaje mesiánico de Cristo y la fuerza constitutiva de su misión. Así entendían también y practicaban la misericordia sus discípulos y seguidores. Ella no cesó nunca de revelarse en sus corazones y en sus acciones, como una prueba singularmente creadora del amor que no se deja «vencer por el mal», sino que «vence con el bien al mal», 69
Es necesario que el rostro genuino de la misericordia sea siempre desvelado de nuevo. No obstante múltiples prejuicios, ella se presenta particularmente necesaria en nuestros tiempos.

EVANGELIUM VITAE
II. Conciencia y verdad
El sagrario del hombre
54. La relación que hay entre libertad del hombre y ley de Dios tiene su base en el «corazón» de la persona, o sea, en su conciencia moral: «En lo profundo de su conciencia —afirma el Concilio Vaticano II—, el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándolo siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia está la dignidad humana y según la cual será juzgado (cf. Rom 2, 14-16)». 101
Por esto, el modo como se conciba la relación entre libertad y ley está íntimamente vinculado con la interpretación que viene reservada a la conciencia moral. En este sentido las tendencias culturales recordadas más arriba, que contraponen y separan entre sí libertad y ley, y exaltan de modo idolátrico la libertad, llevan a una interpretación «creativa» de la conciencia moral, que se aleja de la posición tradicional de la Iglesia y de su Magisterio.
55. Según la opinión de algunos teólogos, la función de la conciencia se habría reducido, al menos en un cierto pasado, a una simple aplicación de normas morales generales a cada caso de la vida de la persona. Pero semejantes normas —afirman— no son capaces de acoger y respetar toda la irrepetible especificidad de todos los actos concretos de las personas; de alguna manera, también pueden ayudar a una justa valoración de la situación, pero no pueden sustituir a las personas en tomar una decisión personal sobre cómo comportarse en determinados casos particulares. Es más, la citada crítica a la interpretación tradicional de la naturaleza humana y de su importancia para la vida moral induce a algunos autores a afirmar que estas normas no son tanto un criterio objetivo vinculante para los juicios de conciencia, sino más bien una perspectiva general que, en un primer momento, ayuda al hombre a dar una impostación ordenada de su vida personal y social. Además, revelan la complejidad típica del fenómeno de la conciencia: ésta se relaciona profundamente con toda la esfera psicológica y afectiva, así como con los múltiples influjos del ambiente social y cultural de la persona. Por otra parte, se exalta al máximo el valor de la conciencia, que el Concilio mismo ha definido «el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella». 102 Esta voz se dice induce al hombre no tanto a una meticulosa observancia de las normas universales, cuanto a una creativa y responsable aceptación de los cometidos personales que Dios le encomienda.
Algunos autores, queriendo poner de relieve el carácter «creativo» de la conciencia, ya no llaman a sus actos con el nombre de «juicios», sino con el de «decisiones». Sólo tomando «autónomamente» estas decisiones el hombre podría alcanzar su madurez moral. No falta quien piensa que este proceso de maduración sería obstaculizado por la postura demasiado categórica que, en muchas cuestiones morales, asume el Magisterio de la Iglesia, cuyas intervenciones originarían, entre los fieles, la aparición de inútiles conflictos de conciencia.
56. Para justificar semejantes posturas, algunos han propuesto una especie de doble estatuto de la verdad moral. Además del nivel doctrinal y abstracto, sería necesario reconocer la originalidad de una cierta consideración existencial más concreta. Esta, teniendo en cuenta las circunstancias y la situación, podría establecer legítimamente unas excepciones a la regla general y permitir así la realización práctica, con buena conciencia, de lo que está calificado por la ley moral como intrínsecamente malo. De este modo se instaura en algunos casos una separación, o incluso una oposición, entre la doctrina del precepto válido en general y la norma de la conciencia individual, que decidiría de hecho, en última instancia, sobre el bien y el mal. Con esta base se pretende establecer la legitimidad de las llamadas soluciones «pastorales» contrarias a las enseñanzas del Magisterio, y justificar una hermenéutica «creativa», según la cual la conciencia moral no estaría obligada en absoluto, en todos los casos, por un precepto negativo particular.
Con estos planteamientos se pone en discusión la identidad misma de la conciencia moral ante la libertad del hombre y ante la ley de Dios. Sólo la clarificación hecha anteriormente sobre la relación entre libertad y ley basada en la verdad hace posible el discernimiento sobre esta interpretación «creativa» de la conciencia.
El juicio de la conciencia
57. El mismo texto de la Carta a los Romanos, que nos ha presentado la esencia de la ley natural, indica también el sentido bíblico de la conciencia, especialmente en su vinculación específica con la ley: «Cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos con ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia con sus juicios contrapuestos que les acusan y también les defienden» (Rom 2, 14-15 ).
Según las palabras de san Pablo , la conciencia , en cierto modo, pone al hombre ante la ley, siendo ella misma «testigo» para el hombre: testigo de su fidelidad o infidelidad a la ley, o sea , de su esencial rectitud o maldad moral. La conciencia es el único testigo. Lo que sucede en la intimidad de la persona está oculto a la vista de los demás desde fuera. La conciencia dirige su testimonio solamente hacia la persona misma. Y, a su vez, sólo la persona conoce la propia respuesta a la voz de la conciencia.
58. Nunca se valorará adecuadamente la importancia de este intimo diálogo del hombre consigo mismo. Pero, en realidad, éste es el diálogo del hombre con Dios, autor de la ley, primer modelo y fin último del hombre. «La conciencia —dice san Buenaventura— es como un heraldo de Dios y su mensajero, y lo que dice no lo manda por sí misma, sino que lo manda como venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del rey. Y de ello deriva el hecho de que la conciencia tiene la fuerza de obligar». 103 Se puede decir, pues, que la conciencia da testimonio de la rectitud o maldad del hombre al hombre mismo, pero a la vez y antes aún, es testimonio de Dios mismo, cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las raíces de su alma, invitándolo «fortiter et suaviter» a la obediencia: «La conciencia moral no encierra al hombre en una soledad infranqueable e impenetrable, sino que la abre a la llamada, a la voz de Dios. En esto y no en otra cosa reside todo el misterio y dignidad de la conciencia moral: en ser el lugar, el espacio santo donde Dios habla al hombre». 104
59. San Pablo no se limita a reconocer que la conciencia hace de,«testigo», sino que manifiesta también el modo como ella realiza semejante función. Se trata de «razonamientos» que acusan o defienden a los paganos en relación con sus comportamientos (cf. Rom 2, 15). El término «razonamientos» evidencia el carácter propio de la conciencia, que es el de ser un juicio moral sobre el hombre y sus actos. Es un juicio de absolución o de condena según que los actos humanos sean conformes o no con la ley de Dios escrita en el corazón. Precisamente, del juicio de los actos y, al mismo tiempo, de su autor y del momento de su definitivo cumplimiento, habla el apóstol Pablo en el mismo texto: Así será «en el día en que Dios juzgará las acciones secretas de los hombres, según mi Evangelio, por Cristo Jesús» (Rom 2, 16).
El juicio de la conciencia es un juicio práctico, o sea, un juicio que ordena lo que el hombre debe hacer o no hacer, o bien, que valora un acto ya realizado por él. Es un juicio que aplica a una situación concreta la convicción racional de que se debe amar, hacer el bien y evitar el mal. Este primer principio de la razón práctica pertenece a la ley natural, más aún, constituye su mismo fundamento al expresar aquella luz originaria sobre el bien y el mal, reflejo de la sabiduría creadora de Dios, la cual, como una chispa indestructible («scintilla animae»), brilla en el corazón de cada hombre. Sin embargo, mientras la ley natural ilumina sobre todo las exigencias objetivas y universales del bien moral, la conciencia es la aplicación de la ley a cada caso particular, la cual se convierte así para el hombre en un dictamen interior una llamada a realizar el bien en una situación concreta. La conciencia formula así la obligación moral a la luz de la ley natural: es la obligación de hacer lo que el hombre, mediante el acto de su conciencia, conoce como un bien que le es señalado aquí y ahora. El carácter universal de la ley y de la obligación no es anulado, sino más bien reconocido, cuando la razón determina sus aplicaciones a la actualidad concreta. El juicio de la conciencia muestra «en última instancia» la conformidad de un comportamiento determinado respecto a la ley; formula la norma próxima de la moralidad de un acto voluntario, actuando «la aplicación de la ley objetiva a un caso particular». 105
60. Igual que la misma ley natural y todo conocimiento práctico, también el juicio de la conciencia tiene un carácter imperativo: el hombre debe actuar en conformidad con dicho juicio. Si el hombre actúa contra este juicio, o bien, lo realiza incluso no estando seguro si un determinado acto es correcto o bueno, es condenado por su misma conciencia, norma próxima de la moralidad personal. La dignidad de esta instancia racional y la autoridad de su voz y de sus juicios derivan de la verdad sobre el bien y sobre el mal moral, que está llamada a escuchar y expresar. Esta verdad está indicada por la «ley divina», norma universal y objetiva de la moralidad. El juicio de la conciencia no establece la ley, sino que afirma la autoridad de la ley natural y de la razón práctica con relación al bien supremo, del cual la persona humana acepta el atractivo y acoge los mandamientos: «La conciencia, por tanto, no es una fuente autónoma y exclusiva para decidir lo que es bueno o malo; al contrario, en ella está grabado profundamente un principio de obediencia a la norma objetiva, que fundamenta y condiciona la congruencia de sus decisiones con los preceptos y prohibiciones en los que se basa el comportamiento humano». 106
61. La verdad sobre el bien moral, manifestada en la ley de la razón, es reconocida práctica y concretamente por el juicio de la conciencia, el cual lleva a asumir la responsabilidad del bien realizado y del mal cometido; si el hombre comete el mal, el justo juicio de su conciencia es en él testigo de la verdad universal del bien, así como de la malicia de su decisión particular. Pero el veredicto de la conciencia queda en el hombre incluso como un signo de esperanza y de misericordia. Mientras demuestra el mal cometido, recuerda también el perdón que se ha de pedir, el bien que hay que practicar y las virtudes que se han de cultivar siempre, con la gracia de Dios.
Así, en el juicio práctico de la conciencia, que impone a la persona la obligación de realizar un determinado acto, se manifiesta el vínculo de la libertad con la verdad. Precisamente por esto la conciencia se expresa con actos de «juicio», que reflejan la verdad sobre el bien, y no como «decisiones» arbitrarias. La madurez y responsabilidad de estos juicios —y, en definitiva, del hombre, que es su sujeto— se demuestran no con la liberación de la conciencia de la verdad objetiva, en favor de una presunta autonomía de las propias decisiones, sino, al contrario, con una apremiante búsqueda de la verdad y con dejarse guiar por ella en el obrar.
Buscar la verdad y el bien
62. La conciencia, como juicio de un acto, no está exenta de la posibilidad de error. «Sin embargo, —dice el Concilio— muchas veces ocurre que la conciencia yerra por ignorancia invencible, sin que por ello pierda su dignidad. Pero no se puede decir esto cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el hábito del pecado, la conciencia se queda casi ciega». 107 Con estas breves palabras, el Concilio ofrece una síntesis de la doctrina que la Iglesia ha elaborado a lo largo de los siglos sobre la conciencia errónea.
Ciertamente, para tener una «conciencia recta» (1 Tim 1, 5), el hombre debe buscar la verdad y debe juzgar según esta misma verdad. Como dice el apóstol Pablo, la conciencia debe estar «iluminada por el Espíritu Santo» (cf. Rom 9, 1), debe ser «pura» (2 Tim 1, 3), no debe «con astucia falsear la palabra de Dios» sino «manifestar claramente la verdad» (cf. 2 Cor 4, 2). Por otra parte, el mismo Apóstol amonesta a los cristianos diciendo: «No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rom 12, 2).
La amonestación de Pablo nos invita a la vigilancia, advirtiéndonos que en los juicios de nuestra conciencia se anida siempre la posibilidad de error. Ella no es un juez infalible: puede errar. No obstante, el error de la conciencia puede ser el fruto de una ignorancia invencible, es decir, de una ignorancia de la que el sujeto no es consciente y de la que no puede salir por sí mismo.
En el caso de que tal ignorancia invencible no sea culpable —nos recuerda el Concilio— la conciencia no pierde su dignidad porque ella, aunque de hecho nos orienta en modo no conforme al orden moral objetivo, no cesa de hablar en nombre de la verdad sobre el bien, que el sujeto está llamado a buscar sinceramente.
63. De cualquier modo, la dignidad de la conciencia deriva siempre de la verdad: en el caso de la conciencia recta, se trata de la verdad objetiva acogida por el hombre; en el de la conciencia errónea, se trata de lo que el hombre, equivocándose, considera subjetivamente verdadero. Nunca es aceptable confundir un error «subjetivo» sobre el bien moral con la verdad «objetiva», propuesta racionalmente al hombre en virtud de su fin, ni equiparar el valor moral del acto realizado con una conciencia verdadera y recta, con aquél realizado siguiendo el juicio de una conciencia errónea. 108 El mal cometido a causa de una ignorancia invencible, o de un error de juicio no culpable, puede no ser imputable a la persona que lo hace; pero tampoco en este caso aquél deja de ser un mal, un desorden con relación a la verdad sobre el bien. Además, el bien no reconocido no contribuye al crecimiento moral de la persona que lo realiza; éste no la perfecciona y no sirve para disponerla al bien supremo. Así, antes de sentirnos fácilmente justificados en nombre de nuestra conciencia, debemos meditar sobre las palabras del Salmo: «¿Quién se da cuenta de sus yerros? De las faltas ocultas límpiame» (Sal 19, 13). Hay culpas que no logramos ver y que no obstante son culpas, porque hemos rechazado caminar hacia la luz (cf. Jn 9, 39-41).
La conciencia, como juicio último concreto, compromete su dignidad cuando es errónea culpablemente, o sea «cuando el hombre no trata de buscar la verdad y el bien, y cuando, de esta manera, la conciencia se hace casi ciega como consecuencia de su hábito al pecado». 109 Jesús alude a los peligros de la deformación de la conciencia cuando advierte: «La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!» (Mt 6, 22-23).
64. En las palabras de Jesús antes mencionadas, encontramos también la llamada a formar la conciencia, a hacerla objeto de continua conversión a la verdad y al bien. Es análoga la exhortación del Apóstol a no conformarse con la mentalidad de este mundo, sino a «transformarse renovando nuestra mente» (cf. Rom 12, 2). En realidad, el «corazón» convertido al Señor y al amor del bien es la fuente de los juicios verdaderos de la conciencia. En efecto, para poder «distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto» (Rom 12, 2) sí es necesario el conocimiento de la ley de Dios en general, pero ésta no es suficiente: es indispensable una especie de «connaturalidad» entre el hombre y el verdadero bien. 110 Tal connaturalidad se fundamenta y se desarrolla en las actitudes virtuosas del hombre mismo: la prudencia y las otras virtudes cardinales, y en primer lugar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad. En este sentido, Jesús ha dicho: «El que obra la verdad, va a la luz» (Jn 3, 21).
Los cristianos tienen —como afirma el Concilio— en la Iglesia y en su Magisterio una gran ayuda para la formación de la conciencia: «Los cristianos, al formar su conciencia, deben atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia. Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es maestra de la verdad y su misión es anunciar y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo, declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana». 111 Por tanto, la autoridad de la Iglesia, que se pronuncia sobre las cuestiones morales, no menoscaba de ningún modo la libertad de conciencia de los cristianos; no sólo porque la libertad de la conciencia no es nunca libertad «con respecto a» la verdad, sino siempre y solo «en» la verdad, sino también porque el Magisterio no presenta verdades ajenas a la conciencia cristiana, sino que manifiesta las verdades que ya debería poseer, desarrollándolas a partir del acto originario de la fe. La Iglesia se pone sólo y siempre al servicio de la conciencia, ayudándola a no ser zarandeada aquí y allá por cualquier viento de doctrina según el engaño de los hombres (cf. Ef 4, 14), a no desviarse de la verdad sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad, especialmente en las cuestiones más difíciles, la verdad y a mantenerse en ella.


VERITATIS SPLENDOR
CAPÍTULO IIIINTELLEGO UT CREDAM
Caminando en busca de la verdad
24. Cuenta el evangelista Lucas en los Hechos de los Apóstoles que, en sus viajes misioneros, Pablo llegó a Atenas. La ciudad de los filósofos estaba llena de estatuas que representaban diversos ídolos. Le llamó la atención un altar y aprovechó enseguida la oportunidad para ofrecer una base común sobre la cual iniciar el anuncio del kerigma: «Atenienses —dijo—, veo que vosotros sois, por todos los conceptos, los más respetuosos de la divinidad. Pues al pasar y contemplar vuestros monumentos sagrados, he encontrado también un altar en el que estaba grabada esta inscripción: “Al Dios desconocido”. Pues bien, lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar» (Hch 17, 22-23). A partir de este momento, san Pablo habla de Dios como creador, como Aquél que trasciende todas las cosas y que ha dado la vida a todo. Continúa después su discurso de este modo: «El creó, de un sólo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra fijando los tiempos determinados y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si a tientas la buscaban y la hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros» (Hch 17, 26-27).
El Apóstol pone de relieve una verdad que la Iglesia ha conservado siempre: en lo más profundo del corazón del hombre está el deseo y la nostalgia de Dios. Lo recuerda con énfasis también la liturgia del Viernes Santo cuando, invitando a orar por los que no creen, nos hace decir: «Dios todopoderoso y eterno, que creaste a todos los hombres para que te busquen, y cuando te encuentren, descansen en ti». 22 Existe, pues, un camino que el hombre, si quiere, puede recorrer; inicia con la capacidad de la razón de elevarse por encima de lo contingente para ir hacia lo infinito.
De diferentes modos y en diversos tiempos el hombre ha demostrado que sabe expresar este deseo íntimo. La literatura, la música, la pintura, la escultura, la arquitectura y cualquier otro fruto de su inteligencia creadora se convierten en cauces a través de los cuales puede manifestar su afán de búsqueda. La filosofía ha asumido de manera peculiar este movimiento y ha expresado, con sus medios y según sus propias modalidades científicas, este deseo universal del hombre.
25. «Todos los hombres desean saber» 23 y la verdad es el objeto propio de este deseo. Incluso la vida diaria muestra cuán interesado está cada uno en descubrir, más allá de lo conocido de oídas, cómo están verdaderamente las cosas. El hombre es el único ser en toda la creación visible que no sólo es capaz de saber, sino que sabe también que sabe, y por eso se interesa por la verdad real de lo que se le presenta. Nadie puede permanecer sinceramente indiferente a la verdad de su saber. Si descubre que es falso, lo rechaza; en cambio, si puede confirmar su verdad, se siente satisfecho. Es la lección de san Agustín cuando escribe: «He encontrado muchos que querían engañar, pero ninguno que quisiera dejarse engañar». 24 Con razón se considera que una persona ha alcanzado la edad adulta cuando puede discernir, con los propios medios, entre lo que es verdadero y lo que es falso, formándose un juicio propio sobre la realidad objetiva de las cosas. Este es el motivo de tantas investigaciones, particularmente en el campo de las ciencias, que han llevado en los últimos siglos a resultados tan significativos, favoreciendo un auténtico progreso de toda la humanidad.
No menos importante que la investigación en el ámbito teórico es la que se lleva a cabo en el ámbito práctico: quiero aludir a la búsqueda de la verdad en relación con el bien que hay que realizar. En efecto, con el propio obrar ético la persona actuando según su libre y recto querer, toma el camino de la felicidad y tiende a la perfección. También en este caso se trata de la verdad. He reafirmado esta convicción en la Encíclica Veritatis splendor: «No existe moral sin libertad [... ]. Si existe el derecho de ser respetados en el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún antes la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y seguirla una vez conocida». 25
Es, pues, necesario que los valores elegidos y que se persiguen con la propia vida sean verdaderos, porque solamente los valores verdaderos pueden perfeccionar a la persona realizando su naturaleza. El hombre no encuentra esta verdad de los valores encerrándose en sí mismo, sino abriéndose para acogerla incluso en las dimensiones que lo trascienden. Ésta es una condición necesaria para que cada uno llegue a ser él mismo y crezca como persona adulta y madura.
26. La verdad se presenta inicialmente al hombre como un interrogante: ¿tiene sentido la vida? ¿hacia dónde se dirige? A primera vista, la existencia personal podría presentarse como radicalmente carente de sentido. No es necesario recurrir a los filósofos del absurdo ni a las preguntas provocadoras que se encuentran en el libro de Job para dudar del sentido de la vida. La experiencia diaria del sufrimiento, propio y ajeno, la vista de tantos hechos que a la luz de la razón parecen inexplicables, son suficientes para hacer ineludible una pregunta tan dramática como la pregunta sobre el sentido. 26 A esto se debe añadir que la primera verdad absolutamente cierta de nuestra existencia, además del hecho de que existimos, es lo inevitable de nuestra muerte. Frente a este dato desconcertante se impone la búsqueda de una respuesta exhaustiva. Cada uno quiere —y debe— conocer la verdad sobre el propio fin. Quiere saber si la muerte será el término definitivo de su existencia o si hay algo que sobrepasa la muerte: si le está permitido esperar una vida posterior o no. Es significativo que el pensamiento filosófico haya recibido una orientación decisiva de la muerte de Sócrates que lo ha marcado desde hace más de dos milenios. No es en absoluto casual, pues, que los filósofos ante el hecho de la muerte se hayan planteado de nuevo este problema junto con el del sentido de la vida y de la inmortalidad.
27. Nadie, ni el filósofo ni el hombre corriente, puede substraerse a estas preguntas. De la respuesta que se dé a las mismas depende una etapa decisiva de la investigación: si es posible o no alcanzar una verdad universal y absoluta. De por sí, toda verdad, incluso parcial, si es realmente verdad, se presenta como universal. Lo que es verdad, debe ser verdad para todos y siempre. Además de esta universalidad, sin embargo, el hombre busca un absoluto que sea capaz de dar respuesta y sentido a toda su búsqueda. Algo que sea último y fundamento de todo lo demás. En otras palabras, busca una explicación definitiva, un valor supremo, más allá del cual no haya ni pueda haber interrogantes o instancias posteriores. Las hipótesis pueden ser fascinantes, pero no satisfacen. Para todos llega el momento en el que, se quiera o no, es necesario enraizar la propia existencia en una verdad reconocida como definitiva, que dé una certeza no sometida ya a la duda.
Los filósofos, a lo largo de los siglos, han tratado de descubrir y expresar esta verdad, dando vida a un sistema o una escuela de pensamiento. Más allá de los sistemas filosóficos, sin embargo, hay otras expresiones en las cuales el hombre busca dar forma a una propia «filosofía». Se trata de convicciones o experiencias personales, de tradiciones familiares o culturales o de itinerarios existenciales en los cuales se confía en la autoridad de un maestro. En cada una de estas manifestaciones lo que permanece es el deseo de alcanzar la certeza de la verdad y de su valor absoluto.
Diversas facetas de la verdad en el hombre
28. Es necesario reconocer que no siempre la búsqueda de la verdad se presenta con esa transparencia ni de manera consecuente. El límite originario de la razón y la inconstancia del corazón oscurecen a menudo y desvían la búsqueda personal. Otros intereses de diverso orden pueden condicionar la verdad. Más aún, el hombre también la evita a veces en cuanto comienza a divisarla, porque teme sus exigencias. Pero, a pesar de esto, incluso cuando la evita, siempre es la verdad la que influencia su existencia; en efecto, él nunca podría fundar la propia vida sobre la duda, la incertidumbre o la mentira; tal existencia estaría continuamente amenazada por el miedo y la angustia. Se puede definir, pues, al hombre como aquél que busca la verdad.
29. No se puede pensar que una búsqueda tan profundamente enraizada en la naturaleza humana es del todo inútil y vana. La capacidad misma de buscar la verdad y de plantear preguntas implica ya una primera respuesta. El hombre no comenzaría a buscar lo que desconociese del todo o considerase absolutamente inalcanzable. Sólo la perspectiva de poder alcanzar una respuesta puede inducirlo a dar el primer paso. De hecho esto es lo que sucede normalmente en la investigación científica. Cuando un científico, siguiendo una intuición suya, se pone a la búsqueda de la explicación lógica y verificable de un fenómeno determinado, confía desde el principio en que encontrará una respuesta, y no se detiene ante los fracasos. No considera inútil la intuición originaria sólo porque no ha alcanzado el objetivo; más bien dirá con razón que no ha encontrado aún la respuesta adecuada.
Esto mismo es válido también para la investigación de la verdad en el ámbito de las cuestiones últimas. La sed de verdad está tan arrraigada en el corazón del hombre que tener que prescindir de ella comprometería la existencia. Es suficiente, en definitiva, observar la vida cotidiana para constatar cómo cada uno de nosotros lleva en sí mismo la urgencia de algunas preguntas esenciales y a la vez abriga en su interior al menos un atisbo de las correspondientes respuestas. Son respuestas de cuya verdad se está convencido, incluso porque se experimenta que, en sustancia, no se diferencian de las respuestas a las que han llegado otros muchos. Es cierto que no toda verdad alcanzada posee el mismo valor. Del conjunto de los resultados logrados, sin embargo, se confirma la capacidad que el ser humano tiene de llegar, en línea de máxima, a la verdad.
30. En este momento puede ser útil hacer una rápida referencia a estas diversas formas de verdad. Las más numerosas son las que se apoyan sobre evidencias inmediatas o confirmadas experimentalmente. Éste es el orden de verdad propio de la vida diaria y de la investigación científica. En otro nivel se encuentran las verdades de carácter filosófico, a las que el hombre llega mediante la capacidad especulativa de su intelecto. En fin están las verdades religiosas, que en cierta medida hunden sus raíces también en la filosofía. Éstas están contenidas en las respuestas que las diversas religiones ofrecen en sus tradiciones a las cuestiones últimas. 27
En cuanto a las verdades filosóficas, hay que precisar que no se limitan a las meras doctrinas, algunas veces efímeras, de los filósofos de profesión. Cada hombre, como ya he dicho, es, en cierto modo, filósofo y posee concepciones filosóficas propias con las cuales orienta su vida. De un modo u otro, se forma una visión global y una respuesta sobre el sentido de la propia existencia. Con esta luz interpreta sus vicisitudes personales y regula su comportamiento. Es aquí donde debería plantearse la pregunta sobre la relación entre las verdades filosófico-religiosas y la verdad revelada en Jesucristo. Antes de contestar a esta cuestión es oportuno valorar otro dato más de la filosofía.
31. El hombre no ha sido creado para vivir solo. Nace y crece en una familia para insertarse más tarde con su trabajo en la sociedad. Desde el nacimiento, pues, está inmerso en varias tradiciones, de las cuales recibe no sólo el lenguaje y la formación cultural, sino también muchas verdades en las que, casi instintivamente, cree. De todos modos el crecimiento y la maduración personal implican que estas mismas verdades pueden ser puestas en duda y discutidas por medio de la peculiar actividad crítica del pensamiento. Esto no quita que, tras este paso, las mismas verdades sean «recuperadas» sobre la base de la experiencia que se ha tenido o en virtud de un razonamiento sucesivo. A pesar de ello, en la vida de un hombre las verdades simplemente creídas son mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal. En efecto, ¿quién sería capaz de discutir críticamente los innumerables resultados de las ciencias sobre las que se basa la vida moderna? ¿quién podría controlar por su cuenta el flujo de informaciones que día a día se reciben de todas las partes del mundo y que se aceptan en línea de máxima como verdaderas? Finalmente, ¿quién podría reconstruir los procesos de experiencia y de pensamiento por los cuales se han acumulado los tesoros de la sabiduría y de religiosidad de la humanidad? El hombre, ser que busca la verdad, es pues también aquél que vive de creencias.
32. Cada uno, al creer, confía en los conocimientos adquiridos por otras personas. En ello se puede percibir una tensión significativa: por una parte el conocimiento a través de una creencia parece una forma imperfecta de conocimiento, que debe perfeccionarse progresivamente mediante la evidencia lograda personalmente; por otra, la creencia con frecuencia resulta más rica desde el punto de vista humano que la simple evidencia, porque incluye una relación interpersonal y pone en juego no sólo las posibilidades cognoscitivas, sino también la capacidad más radical de confiar en otras personas, entrando así en una relación más estable e íntima con ellas.
Se ha de destacar que las verdades buscadas en esta relación interpersonal no pertenecen primariamente al orden fáctico o filosófico. Lo que se pretende, más que nada, es la verdad misma de la persona: lo que ella es y lo que manifiesta de su propio interior. En efecto, la perfección del hombre no está en la mera adquisición del conocimiento abstracto de la verdad, sino que consiste también en una relación viva de entrega y fidelidad hacia el otro. En esta fidelidad que sabe darse, el hombre encuentra plena certeza y seguridad. Al mismo tiempo, el conocimiento por creencia, que se funda sobre la confianza interpersonal, está en relación con la verdad: el hombre, creyendo, confía en la verdad que el otro le manifiesta.
¡Cuántos ejemplos se podrían poner para ilustrar este dato! Pienso ante todo en el testimonio de los mártires. El mártir, en efecto, es el testigo más auténtico de la verdad sobre la existencia. Él sabe que ha hallado en el encuentro con Jesucristo la verdad sobre su vida y nada ni nadie podrá arrebatarle jamás esta certeza. Ni el sufrimiento ni la muerte violenta lo harán apartar de la adhesión a la verdad que ha descubierto en su encuentro con Cristo. Por eso el testimonio de los mártires atrae, es aceptado, escuchado y seguido hasta en nuestros días. Ésta es la razón por la cual nos fiamos de su palabra: se percibe en ellos la evidencia de un amor que no tiene necesidad de largas argumentaciones para convencer, puesto que habla a cada uno de lo que él ya percibe en su interior como verdadero y buscado desde tanto tiempo. En definitiva, el mártir suscita en nosotros una gran confianza, porque dice lo que nosotros ya sentimos y hace evidente lo que también quisiéramos tener la fuerza de expresar.
33. Se puede ver así que los términos del problema van completándose progresivamente. El hombre, por su naturaleza, busca la verdad. Esta búsqueda no está destinada sólo a la conquista de verdades parciales, factuales o científicas; no busca sólo el verdadero bien para cada una de sus decisiones. Su búsqueda tiende hacia una verdad ulterior que pueda explicar el sentido de la vida; por eso es una búsqueda que no puede encontrar solución si no es en el absoluto. 28 Gracias a la capacidad del pensamiento, el hombre puede encontrar y reconocer esta verdad. En cuanto vital y esencial para su existencia, esta verdad se logra no sólo por vía racional, sino también mediante el abandono confiado en otras personas, que pueden garantizar la certeza y la autenticidad de la verdad misma. La capacidad y la opción de confiarse uno mismo y la propia vida a otra persona constituyen ciertamente uno de los actos antropológicamente más significativos y expresivos.
No se ha de olvidar que también la razón necesita ser sostenida en su búsqueda por un diálogo confiado y una amistad sincera. El clima de sospecha y de desconfianza, que a veces rodea la investigación especulativa, olvida la enseñanza de los filósofos antiguos, quienes consideraban la amistad como uno de los contextos más adecuados para el buen filosofar.
De todo lo que he dicho hasta aquí resulta que el hombre se encuentra en un camino de búsqueda, humanamente interminable: búsqueda de verdad y búsqueda de una persona de quien fiarse. La fe cristiana le ayuda ofreciéndole la posibilidad concreta de ver realizado el objetivo de esta búsqueda. En efecto, superando el estadio de la simple creencia la fe cristiana coloca al hombre en ese orden de gracia que le permite participar en el misterio de Cristo, en el cual se le ofrece el conocimiento verdadero y coherente de Dios Uno y Trino. Así, en Jesucristo, que es la Verdad, la fe reconoce la llamada última dirigida a la humanidad para que pueda llevar a cabo lo que experimenta como deseo y nostalgia.
34. Esta verdad, que Dios nos revela en Jesucristo, no está en contraste con las verdades que se alcanzan filosofando. Más bien los dos órdenes de conocimiento conducen a la verdad en su plenitud. La unidad de la verdad es ya un postulado fundamental de la razón humana, expresado en el principio de no contradicción. La Revelación da la certeza de esta unidad, mostrando que el Dios creador es también el Dios de la historia de la salvación. El mismo e idéntico Dios, que fundamenta y garantiza que sea inteligible y racional el orden natural de las cosas sobre las que se apoyan los científicos confiados, 29 es el mismo que se revela como Padre de nuestro Señor Jesucristo. Esta unidad de la verdad, natural y revelada, tiene su identificación viva y personal en Cristo, como nos recuerda el Apóstol: «Habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús» (Ef 4, 21; cf. Col 1, 15-20). Él es la Palabra eterna, en quien todo ha sido creado, y a la vez es la Palabra encarnada, que en toda su persona 30 revela al Padre (cf. Jn 1, 14.18). Lo que la razón humana busca «sin conocerlo» (Hch 17, 23), puede ser encontrado sólo por medio de Cristo: lo que en Él se revela, en efecto, es la «plena verdad» (cf. Jn 1, 14-16) de todo ser que en Él y por Él ha sido creado y después encuentra en Él su plenitud (cf. Col 1, 17).
35. Sobre la base de estas consideraciones generales, es necesario examinar ahora de modo más directo la relación entre la verdad revelada y la filosofía. Esta relación impone una doble consideración, en cuanto que la verdad que nos llega por la Revelación es, al mismo tiempo, una verdad que debe ser comprendida a la luz de la razón. Sólo en esta doble acepción, en efecto, es posible precisar la justa relación de la verdad revelada con el saber filosófico. Consideramos, por tanto, en primer lugar la relación entre la fe y la filosofía en el curso de la historia. Desde aquí será posible indicar algunos principios, que constituyen los puntos de referencia en los que basarse para establecer la correcta relación entre los dos órdenes de conocimiento.

DEUS CARITAS EST
PRIMERA PARTELA UNIDAD DEL AMOR EN LA CREACIÓN Y EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
Un problema de lenguaje
2. El amor de Dios por nosotros es una cuestión fundamental para la vida y plantea preguntas decisivas sobre quién es Dios y quiénes somos nosotros. A este respecto, nos encontramos de entrada ante un problema de lenguaje. El término « amor » se ha convertido hoy en una de las palabras más utilizadas y también de las que más se abusa, a la cual damos acepciones totalmente diferentes. Aunque el tema de esta Encíclica se concentra en la cuestión de la comprensión y la praxis del amor en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia, no podemos hacer caso omiso del significado que tiene este vocablo en las diversas culturas y en el lenguaje actual.
En primer lugar, recordemos el vasto campo semántico de la palabra « amor »: se habla de amor a la patria, de amor por la profesión o el trabajo, de amor entre amigos, entre padres e hijos, entre hermanos y familiares, del amor al prójimo y del amor a Dios. Sin embargo, en toda esta multiplicidad de significados destaca, como arquetipo por excelencia, el amor entre el hombre y la mujer, en el cual intervienen inseparablemente el cuerpo y el alma, y en el que se le abre al ser humano una promesa de felicidad que parece irresistible, en comparación del cual palidecen, a primera vista, todos los demás tipos de amor. Se plantea, entonces, la pregunta: todas estas formas de amor ¿se unifican al final, de algún modo, a pesar de la diversidad de sus manifestaciones, siendo en último término uno solo, o se trata más bien de una misma palabra que utilizamos para indicar realidades totalmente diferentes?


« Eros » y « agapé », diferencia y unidad
3. Los antiguos griegos dieron el nombre de eros al amor entre hombre y mujer, que no nace del pensamiento o la voluntad, sino que en cierto sentido se impone al ser humano. Digamos de antemano que el Antiguo Testamento griego usa sólo dos veces la palabra eros, mientras que el Nuevo Testamento nunca la emplea: de los tres términos griegos relativos al amor —eros, philia (amor de amistad) y agapé—, los escritos neotestamentarios prefieren este último, que en el lenguaje griego estaba dejado de lado. El amor de amistad (philia), a su vez, es aceptado y profundizado en el Evangelio de Juan para expresar la relación entre Jesús y sus discípulos. Este relegar la palabra eros, junto con la nueva concepción del amor que se expresa con la palabra agapé, denota sin duda algo esencial en la novedad del cristianismo, precisamente en su modo de entender el amor. En la crítica al cristianismo que se ha desarrollado con creciente radicalismo a partir de la Ilustración, esta novedad ha sido valorada de modo absolutamente negativo. El cristianismo, según Friedrich Nietzsche, habría dado de beber al eros un veneno, el cual, aunque no le llevó a la muerte, le hizo degenerar en vicio. 1 El filósofo alemán expresó de este modo una apreciación muy difundida: la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida? ¿No pone quizás carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en nosotros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo de lo divino?
4. Pero, ¿es realmente así? El cristianismo, ¿ha destruido verdaderamente el eros? Recordemos el mundo precristiano. Los griegos —sin duda análogamente a otras culturas— consideraban el eros ante todo como un arrebato, una « locura divina » que prevalece sobre la razón, que arranca al hombre de la limitación de su existencia y, en este quedar estremecido por una potencia divina, le hace experimentar la dicha más alta. De este modo, todas las demás potencias entre cielo y tierra parecen de segunda importancia: « Omnia vincit amor », dice Virgilio en las Bucólicas —el amor todo lo vence—, y añade: « et nos cedamus amori », rindámonos también nosotros al amor. 2 En el campo de las religiones, esta actitud se ha plasmado en los cultos de la fertilidad, entre los que se encuentra la prostitución « sagrada » que se daba en muchos templos. El eros se celebraba, pues, como fuerza divina, como comunión con la divinidad.
A esta forma de religión que, como una fuerte tentación, contrasta con la fe en el único Dios, el Antiguo Testamento se opuso con máxima firmeza, combatiéndola como perversión de la religiosidad. No obstante, en modo alguno rechazó con ello el eros como tal, sino que declaró guerra a su desviación destructora, puesto que la falsa divinización del eros que se produce en esos casos lo priva de su dignidad divina y lo deshumaniza. En efecto, las prostitutas que en el templo debían proporcionar el arrobamiento de lo divino, no son tratadas como seres humanos y personas, sino que sirven sólo como instrumentos para suscitar la « locura divina »: en realidad, no son diosas, sino personas humanas de las que se abusa. Por eso, el eros ebrio e indisciplinado no es elevación, « éxtasis » hacia lo divino, sino caída, degradación del hombre. Resulta así evidente que el eros necesita disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer de un instante, sino un modo de hacerle pregustar en cierta manera lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser.
5. En estas rápidas consideraciones sobre el concepto de eros en la historia y en la actualidad sobresalen claramente dos aspectos. Ante todo, que entre el amor y lo divino existe una cierta relación: el amor promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra existencia cotidiana. Pero, al mismo tiempo, se constata que el camino para lograr esta meta no consiste simplemente en dejarse dominar por el instinto. Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia. Esto no es rechazar el eros ni « envenenarlo », sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza.
Esto depende ante todo de la constitución del ser humano, que está compuesto de cuerpo y alma. El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima; el desafío del eros puede considerarse superado cuando se logra esta unificación. Si el hombre pretendiera ser sólo espíritu y quisiera rechazar la carne como si fuera una herencia meramente animal, espíritu y cuerpo perderían su dignidad. Si, por el contrario, repudia el espíritu y por tanto considera la materia, el cuerpo, como una realidad exclusiva, malogra igualmente su grandeza. El epicúreo Gassendi, bromeando, se dirigió a Descartes con el saludo: « ¡Oh Alma! ». Y Descartes replicó: « ¡Oh Carne! ». 3 Pero ni la carne ni el espíritu aman: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma. Sólo cuando ambos se funden verdaderamente en una unidad, el hombre es plenamente él mismo. Únicamente de este modo el amor —el eros— puede madurar hasta su verdadera grandeza.
Hoy se reprocha a veces al cristianismo del pasado haber sido adversario de la corporeidad y, de hecho, siempre se han dado tendencias de este tipo. Pero el modo de exaltar el cuerpo que hoy constatamos resulta engañoso. El eros, degradado a puro « sexo », se convierte en mercancía, en simple « objeto » que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía. En realidad, éste no es propiamente el gran sí del hombre a su cuerpo. Por el contrario, de este modo considera el cuerpo y la sexualidad solamente como la parte material de su ser, para emplearla y explotarla de modo calculador. Una parte, además, que no aprecia como ámbito de su libertad, sino como algo que, a su manera, intenta convertir en agradable e inocuo a la vez. En realidad, nos encontramos ante una degradación del cuerpo humano, que ya no está integrado en el conjunto de la libertad de nuestra existencia, ni es expresión viva de la totalidad de nuestro ser, sino que es relegado a lo puramente biológico. La aparente exaltación del cuerpo puede convertirse muy pronto en odio a la corporeidad. La fe cristiana, por el contrario, ha considerado siempre al hombre como uno en cuerpo y alma, en el cual espíritu y materia se compenetran recíprocamente, adquiriendo ambos, precisamente así, una nueva nobleza. Ciertamente, el eros quiere remontarnos « en éxtasis » hacia lo divino, llevarnos más allá de nosotros mismos, pero precisamente por eso necesita seguir un camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación.
6. ¿Cómo hemos de describir concretamente este camino de elevación y purificación? ¿Cómo se debe vivir el amor para que se realice plenamente su promesa humana y divina? Una primera indicación importante podemos encontrarla en uno de los libros del Antiguo Testamento bien conocido por los místicos, el Cantar de los Cantares. Según la interpretación hoy predominante, las poesías contenidas en este libro son originariamente cantos de amor, escritos quizás para una fiesta nupcial israelita, en la que se debía exaltar el amor conyugal. En este contexto, es muy instructivo que a lo largo del libro se encuentren dos términos diferentes para indicar el « amor ». Primero, la palabra « dodim », un plural que expresa el amor todavía inseguro, en un estadio de búsqueda indeterminada. Esta palabra es reemplazada después por el término « ahabá », que la traducción griega del Antiguo Testamento denomina, con un vocablo de fonética similar, « agapé », el cual, como hemos visto, se convirtió en la expresión característica para la concepción bíblica del amor. En oposición al amor indeterminado y aún en búsqueda, este vocablo expresa la experiencia del amor que ahora ha llegado a ser verdaderamente descubrimiento del otro, superando el carácter egoísta que predominaba claramente en la fase anterior. Ahora el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca.
El desarrollo del amor hacia sus más altas cotas y su más íntima pureza conlleva el que ahora aspire a lo definitivo, y esto en un doble sentido: en cuanto implica exclusividad —sólo esta persona—, y en el sentido del « para siempre ». El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo. No podría ser de otra manera, puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad. Ciertamente, el amor es « éxtasis », pero no en el sentido de arrebato momentáneo, sino como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios: « El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará » (Lc 17, 33), dice Jesús en una sentencia suya que, con algunas variantes, se repite en los Evangelios (cf. Mt 10, 39; 16, 25; Mc 8, 35; Lc 9, 24; Jn 12, 25). Con estas palabras, Jesús describe su propio itinerario, que a través de la cruz lo lleva a la resurrección: el camino del grano de trigo que cae en tierra y muere, dando así fruto abundante. Describe también, partiendo de su sacrificio personal y del amor que en éste llega a su plenitud, la esencia del amor y de la existencia humana en general.
7. Nuestras reflexiones sobre la esencia del amor, inicialmente bastante filosóficas, nos han llevado por su propio dinamismo hasta la fe bíblica. Al comienzo se ha planteado la cuestión de si, bajo los significados de la palabra amor, diferentes e incluso opuestos, subyace alguna unidad profunda o, por el contrario, han de permanecer separados, uno paralelo al otro. Pero, sobre todo, ha surgido la cuestión de si el mensaje sobre el amor que nos han transmitido la Biblia y la Tradición de la Iglesia tiene algo que ver con la común experiencia humana del amor, o más bien se opone a ella. A este propósito, nos hemos encontrado con las dos palabras fundamentales: eros como término para el amor « mundano » y agapé como denominación del amor fundado en la fe y plasmado por ella. Con frecuencia, ambas se contraponen, una como amor « ascendente », y como amor « descendente » la otra. Hay otras clasificaciones afines, como por ejemplo, la distinción entre amor posesivo y amor oblativo (amor concupiscentiae – amor benevolentiae), al que a veces se añade también el amor que tiende al propio provecho.
A menudo, en el debate filosófico y teológico, estas distinciones se han radicalizado hasta el punto de contraponerse entre sí: lo típicamente cristiano sería el amor descendente, oblativo, el agapé precisamente; la cultura no cristiana, por el contrario, sobre todo la griega, se caracterizaría por el amor ascendente, vehemente y posesivo, es decir, el eros. Si se llevara al extremo este antagonismo, la esencia del cristianismo quedaría desvinculada de las relaciones vitales fundamentales de la existencia humana y constituiría un mundo del todo singular, que tal vez podría considerarse admirable, pero netamente apartado del conjunto de la vida humana. En realidad, eros y agapé —amor ascendente y amor descendente— nunca llegan a separarse completamente. Cuanto más encuentran ambos, aunque en diversa medida, la justa unidad en la única realidad del amor, tanto mejor se realiza la verdadera esencia del amor en general. Si bien el eros inicialmente es sobre todo vehemente, ascendente —fascinación por la gran promesa de felicidad—, al aproximarse la persona al otro se planteará cada vez menos cuestiones sobre sí misma, para buscar cada vez más la felicidad del otro, se preocupará de él, se entregará y deseará « ser para » el otro. Así, el momento del agapé se inserta en el eros inicial; de otro modo, se desvirtúa y pierde también su propia naturaleza. Por otro lado, el hombre tampoco puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don. Es cierto —como nos dice el Señor— que el hombre puede convertirse en fuente de la que manan ríos de agua viva (cf. Jn 7, 37-38). No obstante, para llegar a ser una fuente así, él mismo ha de beber siempre de nuevo de la primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios (cf. Jn 19, 34).
En la narración de la escalera de Jacob, los Padres han visto simbolizada de varias maneras esta relación inseparable entre ascenso y descenso, entre el eros que busca a Dios y el agapé que transmite el don recibido. En este texto bíblico se relata cómo el patriarca Jacob, en sueños, vio una escalera apoyada en la piedra que le servía de cabezal, que llegaba hasta el cielo y por la cual subían y bajaban los ángeles de Dios (cf. Gn 28, 12; Jn 1, 51). Impresiona particularmente la interpretación que da el Papa Gregorio Magno de esta visión en su Regla pastoral. El pastor bueno, dice, debe estar anclado en la contemplación. En efecto, sólo de este modo le será posible captar las necesidades de los demás en lo más profundo de su ser, para hacerlas suyas: « per pietatis viscera in se infirmitatem caeterorum transferat ». 4 En este contexto, san Gregorio menciona a san Pablo, que fue arrebatado hasta el tercer cielo, hasta los más grandes misterios de Dios y, precisamente por eso, al descender, es capaz de hacerse todo para todos (cf. 2 Co 12, 2-4; 1 Co 9, 22). También pone el ejemplo de Moisés, que entra y sale del tabernáculo, en diálogo con Dios, para poder de este modo, partiendo de Él, estar a disposición de su pueblo. « Dentro [del tabernáculo] se extasía en la contemplación, fuera [del tabernáculo] se ve apremiado por los asuntos de los afligidos: intus in contemplationem rapitur, foris infirmantium negotiis urgetur ». 5
8. Hemos encontrado, pues, una primera respuesta, todavía más bien genérica, a las dos preguntas formuladas antes: en el fondo, el « amor » es una única realidad, si bien con diversas dimensiones; según los casos, una u otra puede destacar más. Pero cuando las dos dimensiones se separan completamente una de otra, se produce una caricatura o, en todo caso, una forma mermada del amor. También hemos visto sintéticamente que la fe bíblica no construye un mundo paralelo o contrapuesto al fenómeno humano originario del amor, sino que asume a todo el hombre, interviniendo en su búsqueda de amor para purificarla, abriéndole al mismo tiempo nuevas dimensiones. Esta novedad de la fe bíblica se manifiesta sobre todo en dos puntos que merecen ser subrayados: la imagen de Dios y la imagen del hombre.
La novedad de la fe bíblica
9. Ante todo, está la nueva imagen de Dios. En las culturas que circundan el mundo de la Biblia, la imagen de dios y de los dioses, al fin y al cabo, queda poco clara y es contradictoria en sí misma. En el camino de la fe bíblica, por el contrario, resulta cada vez más claro y unívoco lo que se resume en las palabras de la oración fundamental de Israel, la Shema: « Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno » (Dt 6, 4). Existe un solo Dios, que es el Creador del cielo y de la tierra y, por tanto, también es el Dios de todos los hombres. En esta puntualización hay dos elementos singulares: que realmente todos los otros dioses no son Dios y que toda la realidad en la que vivimos se remite a Dios, es creación suya. Ciertamente, la idea de una creación existe también en otros lugares, pero sólo aquí queda absolutamente claro que no se trata de un dios cualquiera, sino que el único Dios verdadero, Él mismo, es el autor de toda la realidad; ésta proviene del poder de su Palabra creadora. Lo cual significa que estima a esta criatura, precisamente porque ha sido Él quien la ha querido, quien la ha « hecho ». Y así se pone de manifiesto el segundo elemento importante: este Dios ama al hombre. La potencia divina a la cual Aristóteles, en la cumbre de la filosofía griega, trató de llegar a través de la reflexión, es ciertamente objeto de deseo y amor por parte de todo ser —como realidad amada, esta divinidad mueve el mundo 6 —, pero ella misma no necesita nada y no ama, sólo es amada. El Dios único en el que cree Israel, sin embargo, ama personalmente. Su amor, además, es un amor de predilección: entre todos los pueblos, Él escoge a Israel y lo ama, aunque con el objeto de salvar precisamente de este modo a toda la humanidad. Él ama, y este amor suyo puede ser calificado sin duda como eros que, no obstante, es también totalmente agapé. 7
Los profetas Oseas y Ezequiel, sobre todo, han descrito esta pasión de Dios por su pueblo con imágenes eróticas audaces. La relación de Dios con Israel es ilustrada con la metáfora del noviazgo y del matrimonio; por consiguiente, la idolatría es adulterio y prostitución. Con eso se alude concretamente —como hemos visto— a los ritos de la fertilidad con su abuso del eros, pero al mismo tiempo se describe la relación de fidelidad entre Israel y su Dios. La historia de amor de Dios con Israel consiste, en el fondo, en que Él le da la Torah, es decir, abre los ojos de Israel sobre la verdadera naturaleza del hombre y le indica el camino del verdadero humanismo. Esta historia consiste en que el hombre, viviendo en fidelidad al único Dios, se experimenta a sí mismo como quien es amado por Dios y descubre la alegría en la verdad y en la justicia; la alegría en Dios que se convierte en su felicidad esencial: « ¿No te tengo a ti en el cielo?; y contigo, ¿qué me importa la tierra?... Para mí lo bueno es estar junto a Dios » (Sal 73 [72], 25. 28).
10. El eros de Dios para con el hombre, como hemos dicho, es a la vez agapé. No sólo porque se da del todo gratuitamente, sin ningún mérito anterior, sino también porque es amor que perdona. Oseas, de modo particular, nos muestra la dimensión del agapé en el amor de Dios por el hombre, que va mucho más allá de la gratuidad. Israel ha cometido « adulterio », ha roto la Alianza; Dios debería juzgarlo y repudiarlo. Pero precisamente en esto se revela que Dios es Dios y no hombre: « ¿Cómo voy a dejarte, Efraím, cómo entregarte, Israel?... Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraím; que yo soy Dios y no hombre, santo en medio de ti » (Os 11, 8-9). El amor apasionado de Dios por su pueblo, por el hombre, es a la vez un amor que perdona. Un amor tan grande que pone a Dios contra sí mismo, su amor contra su justicia. El cristiano ve perfilarse ya en esto, veladamente, el misterio de la Cruz: Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre él mismo, lo acompaña incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el amor.
El aspecto filosófico e histórico-religioso que se ha de subrayar en esta visión de la Biblia es que, por un lado, nos encontramos ante una imagen estrictamente metafísica de Dios: Dios es en absoluto la fuente originaria de cada ser; pero este principio creativo de todas las cosas —el Logos, la razón primordial— es al mismo tiempo un amante con toda la pasión de un verdadero amor. Así, el eros es sumamente ennoblecido, pero también tan purificado que se funde con el agapé. Por eso podemos comprender que la recepción del Cantar de los Cantares en el canon de la Sagrada Escritura se haya justificado muy pronto, porque el sentido de sus cantos de amor describen en el fondo la relación de Dios con el hombre y del hombre con Dios. De este modo, tanto en la literatura cristiana como en la judía, el Cantar de los Cantares se ha convertido en una fuente de conocimiento y de experiencia mística, en la cual se expresa la esencia de la fe bíblica: se da ciertamente una unificación del hombre con Dios —sueño originario del hombre—, pero esta unificación no es un fundirse juntos, un hundirse en el océano anónimo del Divino; es una unidad que crea amor, en la que ambos —Dios y el hombre— siguen siendo ellos mismos y, sin embargo, se convierten en una sola cosa: « El que se une al Señor, es un espíritu con él », dice san Pablo (1 Co 6, 17).
11. La primera novedad de la fe bíblica, como hemos visto, consiste en la imagen de Dios; la segunda, relacionada esencialmente con ella, la encontramos en la imagen del hombre. La narración bíblica de la creación habla de la soledad del primer hombre, Adán, al cual Dios quiere darle una ayuda. Ninguna de las otras criaturas puede ser esa ayuda que el hombre necesita, por más que él haya dado nombre a todas las bestias salvajes y a todos los pájaros, incorporándolos así a su entorno vital. Entonces Dios, de una costilla del hombre, forma a la mujer. Ahora Adán encuentra la ayuda que precisa: « ¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! » (Gn 2, 23). En el trasfondo de esta narración se pueden considerar concepciones como la que aparece también, por ejemplo, en el mito relatado por Platón, según el cual el hombre era originariamente esférico, porque era completo en sí mismo y autosuficiente. Pero, en castigo por su soberbia, fue dividido en dos por Zeus, de manera que ahora anhela siempre su otra mitad y está en camino hacia ella para recobrar su integridad. 8 En la narración bíblica no se habla de castigo; pero sí aparece la idea de que el hombre es de algún modo incompleto, constitutivamente en camino para encontrar en el otro la parte complementaria para su integridad, es decir, la idea de que sólo en la comunión con el otro sexo puede considerarse « completo ». Así, pues, el pasaje bíblico concluye con una profecía sobre Adán: « Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne » (Gn 2, 24).
En esta profecía hay dos aspectos importantes: el eros está como enraizado en la naturaleza misma del hombre; Adán se pone a buscar y « abandona a su padre y a su madre » para unirse a su mujer; sólo ambos conjuntamente representan a la humanidad completa, se convierten en « una sola carne ». No menor importancia reviste el segundo aspecto: en una perspectiva fundada en la creación, el eros orienta al hombre hacia el matrimonio, un vínculo marcado por su carácter único y definitivo; así, y sólo así, se realiza su destino íntimo. A la imagen del Dios monoteísta corresponde el matrimonio monógamo. El matrimonio basado en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la relación de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano. Esta estrecha relación entre eros y matrimonio que presenta la Biblia no tiene prácticamente paralelo alguno en la literatura fuera de ella.